270. DIVAGACIONES EN UNA BIBLIOTECA
María López Reguera | Una sinsombrero

Un elevado techo, con tres grandes lámparas de cuyos rosetones salían arcos que conformaban las columnas. Entre una y otra, había un ventanal con un arco en pico. Siete mesas en el centro más otras siete en U bajo cada ventanal. Sobre cada pupitre una lámpara de estudio. Así era la biblioteca de una de las facultades más emblemáticas de la ciudad. Prestigiosa y con encanto. Un lugar donde con solo respirar, ya te sentías mucho más empoderado.
Me encontraba con un problema ante mí que llevaba ya un buen rato con él y no sabía ni por dónde empezar. Incluso con la solución delante, no entendía ni lo que me daban, ni lo que me pedían y mucho menos la relación entra ambos. Entonces levanté la cabeza de mi pupitre para observar a mi alrededor. Me sorprendí al ver a varias personas recostadas con la cabeza sobre los apuntes. Sonreí para mí, ¿cómo de aburrido y complejo tenía que ser lo que estudiaban para que cayesen rendidos de sueño?
Ahí entendí que mi situación tampoco era mucho más diferente. Calentado el asiento, con apuntes de una asignatura que ni me gustaba ni entendía, sin embargo, debía estar aquí viendo pasar las horas porque si no mi conciencia no me dejaría dormir.
Seguí observando a la gente que estaba dormida. Tantas horas aquí metidos sin comer, sin dormir, yendo de paseo al baño para despejar la cabeza…¿merecía la pena? El tópico de encerrarse a estudiar para los exámenes finales está tan integrado en la sociedad que pasa de una generación a otra, pero viendo cómo esta gente cae derrotada sobre sus apuntes, ¿no es raro que nuestros padres, nuestros abuelos si cabe y ahora nosotros repitamos la misma historia?
Me pareció curioso no haberme dado cuenta antes de que llevamos tantos años atascados en esa rutina, donde el aprendizaje se juzga por las horas de estudio y que muchas veces resulten insuficientes. Espero que a quién se le ocurrió la idea de que la gente era más productiva cuanto más cansada y estresada estaba descanse en paz, por todos los que seguimos aquí teniendo que cumplir con sus estándares.
No era así cómo había imaginado que sería la vida universitaria, claro que sabía que habría que estudiar, pero no sé en qué momento estudiar se convirtió en un castigo. Yo quería estudiar, quería sentarme delante de un libro, de una hoja de problemas y que se me pasasen las horas volando porque sabría lo que estaba haciendo, lo entendería y me entretendría. Y querría al acabar ir a tomar algo con los compañeros porque habríamos aprovechado el tiempo. Pero en ningún momento firmé la matrícula para que las clases no me sirviesen de nada, los apuntes no se entendiesen y los exámenes fuesen un precipicio cada cual más profundo y lóbrego que el anterior.
Volví la vista a mi problema, y respiré hondo. ¿Qué esperas de mí problema 9.1?