739. DOCENTE EN CUARENTENA
Juan Pablo Goñi Capurro | Sonia

Allá por marzo del 20, nos enteramos que un virus invadía el mundo, se había desatado la pandemia y entrábamos en cuarentena. Mi primera reacción fue: ¡vacaciones! Quince días sin clases —fui de las ilusas que creyó que serían quince días—; me daría un festín de series. Al rato, la directora. Nada de suspensión de clases, se darían por internet. Cortó a la hora de hacer compras.
Salía cuando mi marido me avisó: prohibido circular sin barbijo. ¿Cómo compraba uno, si no podía salir a comprarlo? ¿Quién tenía un barbijo en casa antes de marzo del 2020?; nunca lo habían puesto de moda. Tres horas pasé puteando a todos los gobiernos argentinos de la historia y la prehistoria, cuando encontré la solución. Lo mandé a Pepe.
No fue por egoísmo. El lunes tenía clases; si me detenían, no cobraba. El Pepe es pintor de obra, no había manera que pintara una casa por internet; podían meterlo en la cárcel sin afectar nuestra economía. Ergo, fue al chino. Trajo barbijos, más tres cajas de vino porque le pedí alcohol, ¡y no cargó papel higiénico porque no se lo había anotado! ¿No vio que todo el mundo llevaba papel higiénico? Siempre dando la nota, el señor.
Todavía hoy no sé qué le hace el papel higiénico al coronavirus, ¿la gente planeaba pasar el aislamiento cagando? Igual lo reté, me hizo angustiar. Mis amigas llamaban preguntando: «¿conseguiste papel higiénico?», «¿conseguiste papel higiénico?», «¿conseguiste papel higiénico?». ¡Y yo no tenía papel higiénico! Les mentí, no iba a quedar fuera de onda.
Pese a todo, me tiré a mirar series. Pero, ¡claro!, cuando planeé mi felicidad, olvidé un detalle gigantesco: Pepe también tenía que quedarse en casa. ¡Convivir siete por veinticuatro! ¡Inhumano! Pasamos una semana de vacaciones y necesito otra para recuperarme del estrés, ¿cómo soportaba toda la cuarentena? Terminé el finde rezando porque llegara el lunes. Por una vez, diosito cumplió mis deseos.
A las siete de la mañana empezó la directora a enseñarme. El zoom resultó ser una moderna máquina de tortura china. La dama de hierro, el cepo, las picanas en los genitales, ¡y el zoom para docentes! Tres horas tomó juntar los alumnos; la directora, corrigiéndome adelante de ellos. Uno, al verme desesperada para encender el micrófono, me preguntó, preocupado: «Señora, ¿están seguras en el geriátrico?». Lo mandé a la mierda, ¡justo cuando se le dio por funcionar al micrófono! Sufrí, pero le fui tomando la mano.

De pronto, la pendejada empezó a carcajear. Revisé las caritas para encontrar al chistoso. En eso…me tocaron el hombro; casi salto gritando ¡el coronavirus! Me di vuelta; no era el virus, era Pepe —vaya diferencia—. Una mano me ofrecía mate, la otra saludaba a los pibes. Pelos parados, camiseta musculosa, ¡y los calzoncillos a lunares que le regaló la mamá para Navidad! ¿Quién iba a mirar el trinomio cuadrado perfecto?
Acabé ese día, molida. Mi sensación de satisfacción se esfumó con los ronquidos de Pepe, ¡me recordaron que la cosa recién empezaba!