Dolor de espalda
Pablo Matesanz Martín | Pav Lix

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La mañana en la que descolgué el teléfono, marqué aquel número y alguien que no era él agendó nuestro primer encuentro, fue como cualquier otra. Nada, al despertar en ese día, me hizo sospechar que al rato iba a concretar el momento en el que nos conoceríamos. Cierto fue que, dos meses antes, conseguí el número de teléfono de su lugar de trabajo y que, teniéndolo, solo era cuestión de tiempo que llamara para concertar una cita.

Al día siguiente, temblaba y poco me parecía. Iba de camino al lugar en el que nuestros cuerpos se encontrarían y eso, como mínimo, me debía provocar un temblor. Lo raro, dadas las circunstancias, era no sentir quebrada mi caja torácica por las sacudidas de un desbocado corazón. Presión en el pecho, eso sí, la sentía toda. Aunque eso podía tener más que ver con encontrarme, en plena hora punta, entre la espalda de un hombre el doble de grande que yo y la pared de un vagón de la línea uno de metro.

Estaba incómodo y bien merecido lo tenía. No era necesario, o quizá sí, andar haciendo después de treinta y tres años lo que estaba haciendo. Mucho menos haber concertado una cita con aquel doctor un martes a primera hora de la mañana. Aparentemente, no tenía dolencias que justificaran la visita y madrugar no se encuentra entre mis aficiones. Además, soy de los que creen que las mejores citas de la vida se producen bien entrado el día. En cualquier caso, lo que estaba haciendo no podía ser cómodo y, por lo que me dijo la persona que la mañana anterior atendió mi llamada, no había otra hora disponible para que me viera don Pedro.

A duras penas salí del metro y con algo de alegría me dirigí hacia la clínica. Al llegar allí, una persona con aspecto afable abrió la puerta y me invitó a tomar asiento. Deseché la invitación y comencé a andar de un lado a otro de una sala que me pareció más de desespera que de espera. Pasados catorce minutos, don Pedro dijo mi nombre y, después de inhalar todo el aire que mis pulmones toleraron, entré a su despacho.

―Viene por un dolor a la altura de la escápula, ¿cierto? ―preguntó sin dejar de mirar la pantalla del ordenador.

―No, miré, lo que me trae aquí es más bien un dolor en el corazón por una fuerte presión a estas alturas de la vida.

Él no se inmutó, como no habiendo escuchado mi respuesta, hasta que sus dedos dejaron de escribir y levantó la mirada para mirarme.

―¿Cómo?

―Vengo a que me pagues todo lo que me he gastado en terapia por ti, papá.

Sonreí, sintiendo que depositaba en su mesa de escritorio una ínfima parte de la carga que tuvieron que sostener mi madre y mi familia materna a lo largo de treinta y tres años de vida. Y él, que se pensaba que yo solo era otro dolor de espalda a tratar.