DOLORES Y EL MIEDO
ELISA MARTIN DEL AGUILA | EMDA

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El Miedo partió, partió de viaje y vino a instalarse a mi cuerpo. Lo llenó de mareas, de terremotos y de sequías. De océanos de lágrimas, de temblores de ansiedad, de piedras de ira. Allá adonde iba, sellaba su paso con un movimiento punzante, agudo, determinante, sufrido. Hasta que conoció a Dolores.

Dolores era una alcahueta coqueta, siempre vestida con sus trajes rojos, como una musa del glamour, pero sin gla y sin mour. Vivía en mi estómago, salía de paseo en mis noches oscuras y bailaba los beats de mis indigestos pesares. Un día, en una de esas arduas digestiones, mientras los volantes de su vestido rojo revoloteaban entre jugos gástricos, Dolores se vio arrastrada por una fuerte corriente de aire que gritaba a su paso:

– ¡Soy la emoción más difícil de sacar! Tanto me temen todos que su miedo me alimenta. Sus voces viejas me obligan a salir de viaje e instalarme en sus cuerpos. No existo si no me piensan, no soy si no me dicen. Pero, me piensan y me dicen constantemente. Así es que me paso el día de un lado para otro. Me cuelo en los pechos, en las sienes, en los estómagos, en las pieles. De día y de noche. Sobre todo, de noche, cuando cae el silencio y se oculta el ruido.

A Dolores le pareció el rey de la soberbia ese Señor Miedo y decidió no hacerle ni caso y seguir bailando entre sus rojos… Pero, cuanto menos caso le hacía, más fuerte se manifestaba el miedo. Irritaba las paredes de mi estómago y dejaba sin suelo firme a la pobre alcahueta, que se hundía en su zapatear. Ella se negó aun así a dejar de bailar y siguió con su vida en mi estómago, cada vez menos protegida por las paredes, que se desgarraban con el eco del miedo. Bilis y Páncreas empezaron a preocuparse. Desde que el Señor Miedo había llegado por primera vez, su trabajo se había multiplicado y estaban exhaustos. Entonces, Dolores entendió que huyendo del miedo iba a acabar con todos sus amigos. Tenía que enfrentarse a él. ¿Pero, cómo? ¿Cómo conquistar al que estaba causando tanto daño, al que te desgarra por dentro y te deja sin aliento?

Por suerte, a Dolores se le ocurrió ser su propia alcahueta y tenía un plan. Entonces, llamó al Señor Miedo y gritó:

– ¡Señor Mieedooo!, ¡ya no le tengo miedooooo!, ¡venga, le invito a tomar café y a bailar santería!

Y Miedo y Dolores se sentaron juntos a tomar café en la curva mayor de mi estómago. Esa fue su primera cita.

FIN