1432. DOMINGO DE RECOGIMIENTO
Antonio Lleras Sanchez | Dédalo

Cuando llamaron al portón de nuestro convento de la Encarnación, todas las monjas de clausura nos alborotamos. Con cuarenta grados a la sombra en Córdoba, solo Rafa podía estar tocándonos el timbre un domingo de agosto a las cuatro de la tarde.

Con su disimulo habitual, las novicias corrieron para sentarse junto a las rejas de la galería. Sabían que desde ahí podrían apreciar bien el fulgor de los bíceps dorados de Rafa que se tensaban intentando mantener en equilibrio la pila de paquetes que llevaba. Estábamos seguras de que él también se preguntaba qué demonios llevarían esos paquetes para desequilibrarse tanto. Únicamente sor Contemplación, la madre superiora, lo sabía.

Pero aquel domingo no iba a ser un domingo cualquiera. Sor Milagros, sor Candela y yo habíamos trazado un plan para poder abordar a Rafa y hacerle pasar un rato con nosotras. Tan solo un pequeño e inocente divertimento. En ningún caso podría llegar a la categoría de pecado el querer intentar ver más de cerca esos prodigios de la naturaleza: sus abdominales, sus gemelos, sus glúteos y esa melenita morena que continuamente se apartaba de los ojos con su mano izquierda.

Nuestro plan constaba de tres partes. La primera era muy simple y ya estaba ejecutada: habíamos estado rezando durante toda la semana a san Judas Tadeo, patrón de las causas imposibles, para que algo sucediera y Rafa tuviera que quedarse unas horas en el convento. Pero como igual el santo tenía algo más importante que hacer, a la vuelta de los trabajos dominicales en el huerto, habíamos dejado cavados con el azadón unos pequeños e irregulares surcos en el camino por el que tendría que transitar Rafa. Con un poco de suerte, caería un pequeño esguince que necesitara de nuestra atención.

La tercera parte del plan la reservábamos para el final.

Una vez Rafa hubo dejado atrás el portón, abrimos la puerta del corral y azuzamos a los cerdos para que saliesen corriendo al patio de entrada.

El plan no pudo salir mejor.

Como si se tratase de la calle Estafeta en plenos sanfermines, Rafa echó a correr huyendo de Cerdito y Rufián, que embestían asustados. Cuando nos quisimos dar cuenta, Rafa estaba en el suelo, con todos los paquetes de Amazon a su alrededor, llevándose las manos al tobillo.

Fue entonces, cuando invocando el artículo quinto de nuestros votos sagrados, sor Candela, sor Milagros y yo salimos decididas al patio para socorrer al enfermo. Pero una voz grave y ronca bramó: «Rafa, cariño, ¿estás bien?». Instintivamente miramos al cielo asustadas, pero, tras el portón medio abierto apareció un moreno con barba, camiseta roja de tirantes y pectorales prominentes. Debía hacerle compañía en la furgoneta en su día de descanso y había salido al rescate. Examinó su tobillo y, para nuestra desgracia, decidió llevarse en brazos a Rafa, cual ángel celestial. De camino a la furgoneta aún pudimos escucharle cómo le decía que tendría que darle un buen masaje en cuanto llegaran a casa.