DOMINGO DE VERBENA
Recaredo Refojos González | REKA

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Era la primera verbena del año. La que anunciaba la llegada del verano. Quizás fuese de las pocas oportunidades que teníamos las sirvientas internas en aquella época de posguerra para acercarnos lo suficiente a un hombre como para sentir su respiración (y que no fuera la del “señorito”). Sin más miradas que las del censor y las envidiosas del pueblo, ni más barrera que la que poníamos nosotras mismas. Ellos nos sacaban a bailar pero siempre éramos nosotras quienes elegíamos con quien queríamos bailar.

El salón de baile, grande, bien ventilado y mejor iluminado ─la luz natural se encargaba de ello─ era el atrio de la iglesia de Coiro, un enorme patio de tierra. El único inconveniente era el polvo que levantaban los pies al compás de la música, y la mirada inquisitorial del párroco. No importaba. Teníamos permiso de los respectivos patronos para divertirnos hasta las ocho de la tarde. Con eso había suficiente material para llenar nuestra pequeña bolsa de felicidad.

A pesar de que las tres amigas habíamos llegado temprano, la orquesta ya llevaba un buen rato tocando y la pista de baile se veía bastante concurrida. Nos colocamos las tres en una esquina despejada del atrio. Nuestra intención era observar con atención a los posibles aspirantes a pareja de baile, a la vez que ellos podían mirarnos bien a nosotras. Y te me acercaste tú. Lo hiciste sin aspavientos, sin pavonearte delante de las tres. De hecho, creo que ni te fijaste en mis dos amigas. «¿Bailamos este bolero?», me dijiste muy cerca del oído. No recuerdo si te mire de arriba abajo o de izquierda a derecha. No sé si fueron tus ojos del color de la canela o tu sonrisa sencilla y sincera. No sé si fue tu porte elegante o tus modales de caballero. No lo sé, el caso es que te dije que sí sin dudarlo. No fue un bolero. Estuvimos toda la tarde bailando. Tú no parabas de hablar. Yo no paraba de reír. Alguna de mis amigas, no me acuerdo quien, se encargó de recordarme que se acercaba la hora de regresar a la casa donde trabajaba. A la carroza le quedaba ya poco para convertirse en calabaza. Nos despedimos sin más y salimos las tres amigas a paso ligero hacia Cangas.

Al día siguiente, lunes, regresando de la tahona, donde acababan de hornear las bollas de pan ─pan que elaboraba y amasaba con mis propias manos─, sucedió lo inevitable. Las hogazas iban dentro de una canasta de mimbre sobre mi cabeza. Era la cuota de pan semanal para todos en la casa. Sentí como alguien la agarraba por detrás y apunto estuvimos de irnos al suelo: la cesta, los bollos y yo misma. «Tranquila, yo os sujeto. Todo está bien», me susurraste. Me giré y tus ojos canela invadieron todo mi espacio, todo mi mundo. Reímos. Me pediste para salir juntos a pasear el siguiente domingo… Y así hasta hoy, 70 años después, que nos dura el paseo.