127. DON
Víctor Salgado Ferreiro | GOLOSINAS

DON

La música sonaba con interferencias y la luz era más tenue de lo habitual para ese tipo de locales.

—Es temprano; están abriendo todavía —pensó Carla.

Soltó las bolsas del supermercado y sacó un paquete de tabaco del pantalón vaquero. A su espalda, sintió la mirada del vigilante clavada en su trasero. Encendió el pitillo con una cerilla que arrojó encendida sobre la moqueta. El guardia de seguridad saltó de su rincón afanándose en apagar las incipientes brasas. Mientras escuchaba farfullar al vigilante, Carla apartó el humo de la cara para cerciorarse de que era Pablo quien gesticulaba al fondo de la sala. Jamás habría imaginado encontrarlo trabajando en una compañía de seguros. El siniestro del coche podía esperar. Desde el momento en que vio a Pablo, pensamientos más siniestros pulularon por su mente. Apoyó los codos sobre el mostrador y acomodó una sonrisa malévola entre sus manos. Una amable voz interrumpió sus planes:

—¿Qué desea señorita?
—¿Podrías llamar a Pablito, por favor?

El muchacho se giró buscando el objetivo de la insidiosa mirada de su interlocutora.

—¿Se refiere usted a don Pablo, el Sr. Segura? —preguntó el joven.

Pablo recibió el aviso y fue al encuentro de la señorita. Cuando la reconoció, el saludo se le atravesó en la garganta.

—¡Bonito garito has montado, Pablito! —dijo Carla—. ¿Me invitas a una copa?
—Estoy trabajando —respondió Pablo secamente.

Pablo se percató al instante cuán desafortunada había sido su respuesta. Por su atribulada mente, desfilaron los sucesos acaecidos la semana anterior en la discoteca de moda donde Carla trabajaba. Aquella disoluta noche, tras depositar una cuantiosa fianza en comisaría, Pablo durmió plácidamente en su lujoso apartamento. Carla, insomne, pasó la velada seleccionando ofertas de trabajo y tratando de olvidar los abusos del Sr. Segura.

Sin más preámbulos, Carla, remedando la actuación de Pablo siete noches antes, subió al mostrador de la Agencia de Seguros Segura. La megafonía escupía un chachachá. La muchacha, despojándose de su cazadora y con la mirada desencajada de Pablo bajo sus caderas, comenzó a bailar al ritmo de las ondas radiofónicas. Acto seguido, Carla, jalando con fuerza de la corbata de Pablo, le forzó a bailar entre los expedientes de siniestros y las pólizas multirriesgo. El guarda jurado acudió en ayuda de don Pablo.

—¡Yo me hago cargo! —gritó Pablo imperativo.

Satisfecha, Carla bajó del mostrador, recuperó su cazadora y revolvió entre las bolsas del supermercado. Con un sonoro golpazo, depositó un par de bayetas de cocina frente a Pablo.

—No son mis braguitas, pero te serán muy útiles para limpiar esta barra tan elegante —espetó Carla, sin compasión, ante el asombro de los clientes y empleados presentes.

—¡Aquí no servimos copas! —contestó Pablo con arrogancia.

Sin volver la cabeza, Carla se despidió rotunda:

—No son para las copas. Son para tus babas, «don Pablo».

Pablo se encerró en su despacho mientras los empleados tarareaban la popular milonga que en ese momento emitía la radio:
«Tal vez te provoque risa
Verme tirado a tus pies»

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