117. DONDE COMEN DOS ¡NO COMEN TRES!
Lorena Álvarez de Sotomayor Parres | Luna Cubista

Todavía no tengo claro mi papel en aquel encuentro, si coartada o carabina, pero ser la tercera en discordia fue algo, literalmente, irrepetible.

Era vox pópuli que Teodoro y Melibea se comían con los ojos. Las feromonas te abofeteaban nada más entrar en la oficina.

Él, prometido como la princesa. Ella, la nuera del dueño. Su amor era imposible. La tensión podía mascarse.

Llegó la cena navideña y Teodoro se ofreció a recogernos. Vivíamos en una suerte de triángulo de las Bermudas.

Me emperifollé y esperé en la puerta. Veinte minutos después, cuando los zapatos de tacón de aguja y mis pies formaban una amalgama amorfa fruto del congelamiento, apareció un mini huevo galáctico. De él emergió la cabeza de Teodoro y uno de sus esmirriados brazos con el que me hacía señales. Melibea iba de copiloto. Sonreían tanto que parecía un anuncio de prótesis dental.

Me acerqué endemoniada. Tras disculparse, Teodoro se deshizo en explicaciones sobre una avería en su coche y la falta de oferta de vehículos debido a la alta demanda en esas fechas. Aquello me sonaba a bolsa de valores. Lo único que quería era llegar a la fiesta y tomarme un copazo. Oteé el interior. Melibea ocupaba uno de los asientos y no parecía dispuesta a ceder un ápice de terreno. El otro se suponía del piloto. No quería resultar egocéntrica, pero… << ¿Dónde pretendían que me sentase?>> Intenté ofrecerme a ir en Uber, pero no pude terminar la frase. El aspirante a amante me cortó mientras tiraba de mí con decisión. “Sube. Cabes perfectamente”.

No iba a poder escapar de aquella encerrona así que claudiqué. Varias maniobras después, le había propinado un codazo en la boca a Teodoro y le había clavado el tacón a Melibea en el dedo meñique del pie. Cuando logré sentarme ya no estaban tan sonrientes.

A duras penas, resoplando para quitarse mi melena de la cara, Teodoro consigió arrancar, dando un acelerón con el que perdí las arrugas. Yo hacía todo lo posible para no atizarle un bolsazo en cada curva con el brazo que había pasado por detrás de su cabeza. La que mejor iba era Melibea. Anestesiada por el pisotón, se mantenía en un duermevela reparador sin percatarse del peso de mis piernas sobre su estómago.

De repente, bajo la luz ambiental del semáforo en rojo, unos dedos comenzaron a acariciarme la oreja. Por la imposibilidad de la postura, descarté que la cariñosona fuese Melibea.
<< ¿Era posible que hubiese malinterpretado a Teodoro y fuese yo el origen de sus desvelos?>>. Como pude, giré los ojos hacia él hasta que casi se me salieron de las órbitas para encontrarme su cabeza contorsionada 90° oteando a Melibea.

<< ¡Le habían fallado los cálculos!>> Indignada y con esfuerzo gimnástico, crucé los brazos tipo momia adoptando una posición defensivo-mortuoria que cortaba cualquier amago y exigí que parase el coche.

Cuando conseguí descender, miré desde la superioridad que confieren las alturas y les espeté regia: «Donde comen dos ¡no comen tres!”.