776. DONDE EL VIENTO ME LLEVÓ
Marcos Mendoza Ross | Ross

He aquí le breve pero intensa historia de Michael, también conocido como el adalid de la inoportunidad. Y es que el pobre muchacho nació con esa habilidad innata de realizar la acción, pronunciar la palabra o llevar a cabo el gesto menos necesario en el peor momento.
De ascendencia italiana, su apellido no le hizo ningún favor en el barrio, pues cuando se pronunciaba en alto, todos los chavales salían corriendo. “Viene Lapoli” decía uno, y los demás huían.
Esto se convirtió en la tónica de su vida, tanto en su apartado familiar, como en el amistoso o en el amoroso. Y es en este último punto donde su don por fin le trajo recompensa.
Martin, su único y mejor amigo, quiso darle la oportunidad de conocer a una muchacha, e ideó una cita a cuatro, con la novia del chico y una amiga soltera de esta. Debido a las modas acudieron a cenar a un restaurante japonés, donde transcurrió la velada entre cojines sobre el suelo y una bonita mesa de poca altura.
Michael se sentía un tanto nervioso pues no sabía cómo ni cuándo cometería el error garrafal que le haría perder la oportunidad de conocer a una linda muchacha. Sin embargo, el vino comenzó a embriagar a los presentes y así ganó confianza.
Sin duda era su noche. Hizo reír a todos los presentes e intercambió miradas de coqueteo con su acompañante. Tanto es así que cada cosa que decía o hacía era las más idónea para cada momento. Lleno de euforia, se levantó para acudir al baño, pues la vejiga apretaba. Pero entonces llegó el momento que tanto temía; Rizó el rizo.
Ya de pie, quiso hacer una broma para provocar aún más carcajadas, y no se le ocurrió hacer otra cosa que agarrar del pelo a su ligue y soltar una ventosidad. El pelo de la muchacha se meció al viento a cámara lenta. Lejos de provocar las risas, creó, quizás, el momento más incomodo de la historia de la humanidad.
La pobre chica comenzó a toser del asco y su rostro y cuello se enrojecieron. Tanto es así que tuvo que acudir al baño para vomitar.
“¿A ti que te pasa?” Preguntó su amiga. Michael quedó mudo mientras Martin negaba con la cabeza en silencio. La muchacha comenzó a empeorar su estado y tuvo que acudir al hospital. Más que un pedo, parecía que le había rociado con gas pimienta.
Pero, ironías de la vida, al llegar al hospital y realizarle diversas pruebas, a la pobre muchacha le diagnosticaron alergia al cacahuete que había ingerido en un plato de poke esa noche. Michael y su aparato gástrico le salvaron la vida al hacerle vomitar y darle tiempo para acudir al hospital.
La muchacha no tuvo otra que darle las gracias. Una palabra llevó a la otra hasta que se dieron una oportunidad y hoy en día están casados. Aquella desgraciada era yo, y cuando me preguntan “¿Cómo os conocisteis?” me pongo roja de la vergüenza.