937. DONDE VA VICENTE…
CARLOS PÉREZ MORENO | Carlitos Güei

Vicente era un trabajador ejemplar:rápido, responsable y resolutivo. Por eso la gente le llamaba “Vicente el Diligente”. Pero un día, le echaron del trabajo y lo perdió todo:dinero, coche, casa y mujer.
Se deprimió tanto que caminaba por las calles sin hablar ni mirar a nadie. Pasaron a llamarle “Vicente el Deprimente”. Deambulaba triste, cabizbajo, reptando la mirada por el asfalto.Lo que al principio fue la consecuencia de su estado anímico, se convirtió al final en un hábito. Y paso a paso, metro a metro, descubrió a sus pies un nuevo universo:el de los objetos perdidos. La primera semana se encontró una moneda de dos euros, un paquete de Marlboro y un pendiente de bisutería.Las semanas siguientes:varios billetes de cincuenta euros, un reloj Cartier, la inocencia perdida de una niña, dos piedras de hachís, un anillo bañado en oro, un maletín lleno de dólares, un gato sin chip, las llaves de un Porsche que estaba allí aparcado, la cordura de un viejo que perdió la razón tras la muerte de su esposa, las escrituras de un apartamento en Cadaqués, y una mujer que yacía borracha en el suelo de la que se apiadó y a la acogió en casa para que ejerciera de compañera sentimental.Hallazgos poéticos aparte, amasó tal fortuna que pasaron a llamarle “Vicente el Pudiente”.Prudentemente, esperó unos meses por si aparecían los responsables de los objetos, pero nadie los reclamó, a excepción del marido de la mujer, que para su sorpresa, le insinuó que podían compartirla si compartía con él la mitad de su nuevo patrimonio. Era tal el cariño que Vicente profesaba hacia ella que accedió a su inhumana proposición.
Un día, mientras caminaba por la calle, recibió el impacto de un sonajero en la cabeza. Procedía del balcón de un segundo.Entonces, tomó consciencia del peligro que suponía deambular con la cabeza gacha. Elevó noventa grados la cabeza (y consecuentemente la mirada) para evitar futuros impactos cenitales. Volvió a tomar la calle, esta vez con una pose de altivez de la que no era consciente. Pasaron a llamarle “Vicente el Prepotente”. Y empezaron a saludarle, en su rutinaria actividad callejera, ejecutivos soberbios, políticos arrogantes, ricachones vanidosos, macarras altaneros, escritores petulantes, policías engreídos y toda persona relacionada con la prepotencia.
Y como todos saben, va Vicente donde va la gente. Y aquella tarde la gente fue hasta la playa, y Vicente acabó mojándose los tobillos a orillas del mar. Mientras bajaba la mirada, se cruzó con el sol en el horizonte, que ya no recordaba. Quedó tan impresionado, que decidió fijar la inclinación de su cabeza a esa altura, y ya de paso, fijar allí su residencia. Prescindió de sus amigos altivos, del dinero americano, de las joyas, de la droga blanda, del coche de lujo, del apartamento en la costa y de la mujer que no le amaba, y se quedó consigo mismo, junto a un niño que jugaba eternamente en aquella arena. Y desde entonces, la gente pasó a llamarle “Vicente el Sonriente”.