DOS O TRES PUNTOS
RAMÓN ARIZAGA GARMENDIA | EL CLANDESTINO

Votar

Hacía mi primera guardia como si llevara un cilicio. Mis muelas rechinaban ante aquel esperpento: el paciente tenía incrustado un vaso tubo que asomaba por el ano su maciza base esférica. La faz templaria del cirujano mostraba su condición de habitante de ático en el escalafón por juramento hipocrático. Todas las palancas que armaba con las erinas arrancaban quejidos contenidos por la absoluta entrega del postrado. Debía pensar qué había hecho él para merecer aquello cuando ofuscado llamó al neurocirujano. A mí me ordenó aplicar vaselina en la zona cero mientras iba a tomar café con su equipo. El tipo rayaba el metro noventa. Su percha excelente para exhibir trajes de caballero. Su perfil galano quintaesencia de la elegancia. A solas bajo el foco decidí romper el iceberg que flotaba sobre la blanca camilla:

-¿No le importa que le pregunté? Hoy es mi bautismo de fuego.

-Entonces lo recordará toda tu vida. Como cuando yo hice mi primer pase con Pierre Cardin. Recuerdo a la perfección el traje con el que cerré el desfile: un terno burdeos y suéter beis que me retrataba mejor que Velázquez.

En unos instantes recorrí las pasarelas internacionales. Tanto conectamos que osé preguntar:

-¿Cómo te ocurrió?

-Las esencias del gel me secan la garganta y acostumbro a poner al lado de la ducha una banqueta con un trago de vodka. Pero esta vez me olvidé retirarlo cuando me senté para secarme los pies. Se incrustó como un arpón. Antes de llamar a la ambulancia casi achicharro mis nalgas porque intenté desalojarlo con agua hirviendo.

Dejamos de hablar al regresar el equipo con el neurocirujano. Su minuciosa auscultación concluyó en diagnóstico críptico dirigido a su colega que asintió señalando la base del vaso. La incógnita imperaba cuando el neuro esgrimió su smart y el silencio fue surcado por ondas digitales. El enfermero me urgió para que diluyera un sedante en una naranjada porque la anestesia empezaba a hacer de las suyas. Los quejidos lastimeros del postrado obligaros a subir el volumen del móvil por lo que todos pudimos escuchar:

-¡Que suba un mecánico!

-¡Un millón de gracias Don Alejandro! Ha sido usted faro en nuestra noche oscura.

En la sala la expectación crecía como la hiedra. Nadie cuestionaba la decisión triunvira después de cuatro horas estériles. El mecánico amagó cuatro o cinco veces hasta que quebró la base del vaso invasor. No obstante hubo que sajar por si alguna esquirla se hubiera alojado en el recto. La exploración despertó al paciente que de inmediato fue tranquilizado por los galenos:

-Ya terminamos.

-Bien está lo que bien acaba. Sólo resta dar unos puntos porque ha habido que extraer alguna esquirla. Está usted limpio ¡Enhorabuena!

El paciente tras unas muecas gozosas rogó seductor:

-¡Por favor! Dejen de dar dos o tres puntos. ¡Por si ocurre otra vez!

¡Nunca olvidaré mi primera guardia!¡Ni que la elegancia está en el esqueleto!¡Ni la dureza del cristal de Murano! Entonces comprobé que no hay mal que por bien no venga y que la ocasión la pintan calva.