Dos semanas
Miguel Ángel Nava Sanz | Miguel A. Nava

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El suelo se movía más de lo normal. Como pescador, estoy acostumbrado. El vaivén de las olas hacen que, al desembarcar, la tierra parezca doblarse bajo tus pies. Sin embargo, esta vez era diferente. Las piernas me temblaban, apenas era capaz de mantenerme erguido. Con los años, tras los primeros pasos en tierra firme te acostumbras y puedes caminar con normalidad. Pero no esta vez. Parado ante aquella habitación sentí miedo.

El capitán me había liberado de mis tareas al atracar y todos mis compañeros me vitorearon al verme desembarcar, recién duchado y afeitado, vestido con ropa limpia y con el petate al hombro, rumbo a la parada de taxis. Los últimos días de travesía habían sido maravillosos, desde que Conchi, nuestra operadora en tierra, nos había dado la noticia: Ángela se había puesto de parto.

Escuché el mensaje de voz de mi suegra, que nos habían enviado por la radio, al menos una docena de veces. La niña venía dos semanas antes, pero Ángela se encontraba bien y el médico estaba tranquilo: todo estaba yendo con normalidad. Cuando llegó la noticia del inminente nacimiento, aún nos quedaban por realizar varios arrastres para cumplir la cuota y poder volver a casa desde aguas mauritanas. Unas setecientas millas náuticas, al menos dos días de travesía.

El segundo mensaje llegó unas doce horas más tarde: Ángela había dilatado y la bajaban al paritorio. El barco ya había izado las redes y puesto rumbo noreste. Pero aún quedaba día y medio de travesía. Me iba a perder el nacimiento de mi primera hija.

La tercera llamada, de mi madre, llegó un par de horas después: Ángela y Sonia se encontraban perfectamente, todo había ido bien y estaban descansando en la habitación. Don Federico, el armador, en un extraño gesto de amabilidad, había usado el satélite para enviarme un par de fotos: una de Sonia dormida en su cuna y otra de Ángela acunando a la niña, cansada, pero con los ojos brillantes de felicidad. Las dos criaturas más hermosas que jamás había visto. Lloré delante de todos los compañeros que me daban la enhorabuena entre palmadas y abrazos. Era padre, no terminaba de creérmelo.

El taxi me había dejado en la puerta del hospital. Mis pies inseguros me habían llevado de la entrada hasta la puerta de la habitación. Había agarrado el pomo y, en ese instante, me quedé helado. Mis pulmones se detuvieron, los latidos me taladraban los tímpanos y sentí vértigo. Iba a ver a mi hija por primera vez. El miedo me invadió. Miedo al pasado, al presente, al futuro. Miedo a lo que pudiera pasarle, miedo a no poder darle la vida que se merecía, miedo a perderla demasiado pronto, miedo a que se me rompiera el corazón.

Pero la única forma de enfrentarme al miedo que conozco es de frente. Abrí la puerta y allí estaba, en brazos de su madre. Por segunda vez en mi vida supe lo que era el amor.