709. DUELOS Y TABLILLAS
Efraim Centeno Hernáez | Jacobo Calleja

Mediodía sería, cuando Don Quijote y Sancho, cabalgaban a la vera de la carretera nacional, a escasas leguas de Puerto Lápice, donde habían pernoctado. Iban comentando los insólitos sucesos del día anterior.
—A fe mía —dijo Don Quijote—, debe de ser que, por un poderoso encantamiento, con los resplandores de ayer, han trascurrido varios siglos, pues es de notar que muchos asuntos han cambiado en estas tierras y es el sexto Felipe el que ahora reina, según nos relató el ventero.
—Cosa es de mucho asombro, señor—respondió Sancho—, y aunque igualmente siguen bebiendo vino, las gentes visten y hablan en forma extraña, y vea como pasan con la rapidez del rayo carruajes sin cabalgadura, gruñendo como almas en pena.
—Y aún más maravillan, buen Sancho, los ingenios que pudimos contemplar en el mesón. El más notable, sin duda, esta tablilla que te entregó el posadero, que desde entonces te embelesa como si husmearas por un ventanuco.
—No se ofenda mi señor si no le hago caso, pues esta que pareciera naipe o estampilla de San Bartolomé, viene narrando grandes aventuras, con figuras que cambian como un romance de ciego, y por eso me tiene ensimismado.
Don Quijote miró a su escudero y dijo:
—Se me hace a mí que estas tablillas han de ser obra del demonio, que he visto que los hombres y las mujeres de hogaño, como si de un espejo se tratare, se afanan en contemplarlas extasiados, e incluso les hablan como si ofrecieran guía o consuelo. Y también tengo observado que tanta devoción les profesan, que incluso ignoran la compañía del prójimo, como tú faces ahora.
—Sepa vuesa merced —respondió Sancho—, que a lo que yo he entendido, es porque atienden cuestiones de redes.
—Pues vive Dios que el nombre está bien puesto, que ahí quedan enredados igual que los peces de la mar, cautivos y como si les faltare el aire.
En tales razones andaban, cuando divisaron varias decenas de molinos de viento en un promontorio que se alzaba frente a ellos. Don Quijote detuvo su montura y dijo:
—Alégrate, Sancho, que nuevamente se nos presentan desaforados gigantes, y verás que esta vez, he de arrancarlos de la faz de la tierra.
—Mi señor—replicó Sancho—de hombres es errar, pero de bestias es perseverar en el error. Y si bien es verdadero que estos son altos como montañas, siguen siendo molinos. Y serán tan grandes y robustos para mover el fluido luminoso que prende tantos candiles que vimos que usan estas gentes.
—Pues si te amedrentas, póstrate en santa oración, Sancho, y deja a este caballero entablar fiero combate.
—Vaya a la pelea, señor —dijo Sancho—. Y como sé bien cómo termina este lance, mientras vuesa merced embiste a los supuestos gigantes, en lugar de ponerme a rezar, usaré este artefacto prodigioso para hacerle unos retratos, que luego veremos con regocijo, y daremos para publicar a un afamado impresor del que mucho se habla, al que llaman Instagram.