1302. DURMIENDO CON EL ENEMIGO
Lizbeth Luna Victoria Vargas | Rainbowrite

Por los calores de verano y mi manía de dormir desnuda, un día desperté con tres picaduras en mi posadera izquierda. “Por gordo y goloso”, le dije al mosquito cuando lo aplasté contra la pared. Lo había encontrado errante por la cabecera mi cama tratando inútilmente de volar tras haberse extasiado con el líquido preciado de mis nalgas. “Al final gané yo”, pensé.

Pero no. Por la tarde, esa picadura había crecido tanto que los calzones me apretaban. Era como si el mosquito me hubiera dejado una molotov dentro. “Es celulitis. Te vamos a tener que internar”, dijo el doctor. Sí, tenía una nalga mucho más grande que la otra, pero no entendía cómo ese pequeño detalle era razón para dormir cuatro noches en la clínica y mostrarle el reverso a doctores y enfermeros que no se decidían si darme antibióticos o una rutina de sentadillas. Dani, mi novio, me acompañó todo el tiempo y parecía aceptar mucho mejor que yo que tuviese este potencial de actriz porno.

Cuando me dieron el alta, regresamos a casa. Apenas cerró la puerta, soltó en risa y gritó al aire: “¡Agárrate Mía Khalifa! Acá llegó tu competencia”. Me miró y como yo no perdía mi expresión de consternación, me abrazó y besó muchas veces. Me dijo al oído: “Eso pasa por comer tantos chocolates. Tienes la sangre dulce y por eso te pican los mosquitos”. Mientras yo me retorcía entre cremas y paños fríos, él se deslizó al interior de las sábanas y durmió sano y feliz. Como al día siguiente la cara no me cambiaba, fue al supermercado por una caja de bombones y un repelente eléctrico que se volvió nuestro guardián de sueños.

Algún tiempo después, cuando ya había olvidado este bochornoso episodio y mis nalgas volvían a tener el mismo tamaño, un zumbido se apoderó de la noche. Creí que no había peor pesadilla que soñar con el retorno de ese mosquito vampirezco. Sin embargo, cuando me despertaba a buscarlo el sonido se detenía, pero cuando me dormía lo volvía a oír. El miedo se apoderó de mí y Dani sufrió las consecuencias. Le pedí, le rogué que me ayudara a encontrar a mi minúsculo archienemigo mortal. Pero Dani, apenas abrió un ojo esperanzado en que me rindiera pronto. Me recordó que teníamos el repelente eléctrico y logró convencerme de que todo era parte de los traumas que me había dejado el anterior incidente. Punto para Daniel que durmió feliz esa noche, punto para el mosquito que hizo mierda mi brazo desnudo y punto también para la clínica que me diagnosticó alergia a las picaduras y me volvió a tener cuatro días internada, ahora con el brazo de Popeye.

Por mi parte, aprendí que el repelente eléctrico se tiene que recargar cada mes y no me puedo quejar. Me hace sentir más segura que mi novio dormido, que nunca tuvo una picadura de mosquito ni la tendrá porque no le gustan los chocolates ni duerme desnudo.