1015. E.T. (EUGENIO TORRECILLA)
Héctor López Camus | La Trini

“Eugenio Torrecilla ya no creía en el karma. Pero hubo una época en que sí lo hacía, vaya si lo hacía.

Cada mañana a las 6:59, recostado sobre su costado derecho, abría el ojo izquierdo y comprobaba su reloj despertador. Entonces llegaban las 7:00 y comenzaba la verbena.

A esa hora sonaba la alarma de sus vecinos de arriba y su perro comenzaba a ladrar. Ya no se callaría en las próximas dieciocho horas, hasta la una de la mañana del día siguiente.

¿Cómo no iba a existir el karma? Algo muy malo debía haber hecho a alguien para que él, que sufría de fonofobia y odiaba hasta el ruido de la masticación y deglución con que su mujer le obsequiaba a diario, tuviese que sufrir aquello.

Lo creía tan firmemente que había acudido en varias ocasiones una santera del barrio, a ver si le solucionaba algo. Pero nada. Por lo menos mientras miraba su bola estaba en silencio, por eso siempre terminaba volviendo.

De joven no había sido tan maniático pero chico, la vida… que te empieza a dar vueltas y para cuando te quieres dar cuenta ya no eres aquel chaval que era el rey del mambo cinco o seis noches a la semana. Ahora todo su tiempo libre lo dedicaba a buscar en Google formas de acabar con el perro del vecino. Odiaba a ese chucho. Lo odiaba con todo su alma.

Mientras tanto, intentaba disfrutar de las pequeñas alegrías del día a día: las facturas de los talleres de desarrollo afectivo de su hijo, las facturas del colegio bilingüe y también las del taller de ecología sostenible… con perros. Nunca había visto a su hijo hablar inglés ni mostrar ningún afecto, su mayor talento parecía ser el de acumular dioptrías. Ah, y de eso también había facturas.

Total, que cansado de tanta milonga vital, Eugenio Torrecilla decidió por primera vez en su vida saltarse a la torera todas sus obligaciones. Sacó todo el dinero que había en la cuenta y se montó en su Opel Corsa, dispuesto a empezar de cero en otro mundo, en otro lugar.

Y tuvo la mala suerte de pinchar junto a un club de carretera con un neón muy grande, y que justo pasase un ovni alienígena con una familia alienígena, con padres e hijo alienígenas por allí.

Total, que el niño quería una mascota, y no un americano, no. ¡Un español! Una desgracia para la familia. Y claro, por no discutir… las luces se veían mucho y terminaron abduciendo al pobre Eugenio.

Y así terminó convirtiéndose él mismo en una mascota en Kelt-b, más feliz que una perdiz, un planeta silencioso y respetuoso que…”

—Pero papá, el tito Eugenio vive en aquí al lado en Emilio Raboso, con la Vero y el Yoni. Hoy vienen a comer.

—Sí hijo sí, nada dura para siempre, por lejos que te vayas siempre va a ir alguien a joderte y traerte de vuelta. Pero bueno, esa ya es otra historia…