EARTH ORBIT RENDEZVOUS
CARLOS LÓPEZ AGUADO | KARL PANZ

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«- Houston, al habla el capitán Tom Stafford, solicito permiso para acoplamiento con la Soyuz. – Digo, intentando que no trasluzca la emoción que me produce comandar la misión espacial que, por primera vez, será conjunta entre Estados Unidos y la Unión Soviética, un enorme logro diplomático en plena guerra fría.

– Concedido, proceda.

– Roger.

La Apollo avanza lentamente hasta que, con un ruido seco, tiembla.

– Parada, contacto. Captura.



Las naves quedan unidas en un firme abrazo. Me acerco a la escotilla y la golpeo. Del otro lado me responden de igual manera.

– Кто это? ¿Quién es? – Digo en mi ruso con acento de Oklahoma. – Se oyen risas del otro lado, ¿quién va a ser a ciento cuarenta millas de altura, en pleno espacio?

Abro la escotilla y al otro lado me recibe la enorme sonrisa de Alexei Leonov. Es el típico ruso, de cara ancha, mandíbula cuadrada partida en el mentón por un profundo hoyuelo y unos increíbles ojos verdes grisáceos bajo sus rubísimas cejas. Me extiende la mano y el apretón, firme al principio, tal y como corresponde al protocolo, se dilata en el tiempo, haciéndose más suave y cálido.

Por unos segundos me quedo bloqueado, siento algo inexplicable. Había visto fotos del héroe ruso y me había parecido más bien anodino. Pero su forma intensa de mirarme, de sonreírme, hacen que se remueva algo muy profundo en mi interior. Eso que siempre he tenido latente y mantenido oculto, pero que ahora, por primera vez, soy incapaz de contener.

Azorado, aparto la mirada y dejo paso a mis compañeros, intentando concentrarme en la misión; serán dos días intensos. Casi todo son actividades testimoniales, pero hay que cumplirlas.



El espacio, aún sumando ambas naves, es terriblemente reducido. No sé si es casual, o buscado, pero aunque estamos moviéndonos de continuo para realizar las tareas, siempre termino, inevitablemente, junto a Alexei. Él, divertido por mi acento cuando hablo en ruso, dice que he inventado un hermoso idioma, el Oklahomsky. Nuestras manos se rozan cada poco, accidentalmente, o quizá no. Cuando pasa, miro tímidamente al ruso, que me contesta invariablemente con una inequívoca sonrisa y fuego en sus ojos. Podría resultar incómodo, pero, al contrario, esta inesperada complicidad hace que el ambiente sea agradablemente relajado.



Entre bromas, alguien sugiere que para descansar los comandantes deberíamos utilizar la suite presidencial y no mezclarnos con la marinería. Así, Alexei y yo pasamos a la Soyuz, minúscula, sin un lugar específico para dormir. Lo más cómodo es situarnos flotando en paralelo, ocupando la parte central de la cápsula.



En el espacio duermo fácilmente, pero siempre es un sueño ligero. Me despierto con un respingo, quizá he tenido una pesadilla.

Alexei no dice nada. Sólo se me acerca, pasa su brazo sobre mí, y me estrecha contra su cuerpo.

Noto su calor. Me siento protegido, seguro. Y, por primera vez, libre para sentir sin limitaciones.



Suspiro. Sé que éste es el lugar donde quiero quedarme para siempre. Aquí, flotando, donde no rigen las leyes de la tierra.»