ECHABA DE MENOS A SU MADRE
Julia Serrano González | Pequeñita

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Echaba de menos a su madre.

Sus manos se agitaban, temblaba del pánico, los sudores le empapaban. Su corazón parecía que iba a explotar, estaba aterrado, comenzó a llorar sin poder controlarse.

Miró a la cara a la persona que se encontraba a su lado, un hombre, mayor que él, bocarriba. Se imaginó al hombre hablando, riendo, sintiendo. Ahora ya no iba a reír, ni a hablar, ni sentir. Su rostro describía el puro miedo, la muerte. El muchacho se encontraba al lado del cadáver, con un arma en la mano, con su alrededor explotando.

Los ruidos de la guerra era lo único que se escuchaba, y aún así, el chaval estaba prácticamente sordo.

Miró de nuevo el cadáver. Una náusea repentina le poseyó y escupió la basura de comida que le habían dejado comer esa misma mañana, apenas estaba digerida. A su alrededor la gente gritaba, sus compañeros movían sus bocas queriéndole decir algo, pero su mirada estaba clavada en un punto fijo en el suelo.

Recordó el día que se alistó, la emoción, la alegría de luchar por su patria y defenderla, incluso recordó haberse sentido orgulloso. Todo eso quedaba derrumbado, no era orgullo lo que sentía. Fuera lo que fuera, necesitaba dejar de sentirlo.

Pensó que moriría allí mismo. Le habían mandado a morir, él mismo se había alistado a morir.

No quería morir. Deseaba no haber nacido nunca. Echaba de menos a su madre.

El mundo se paró la primera vez que mató a alguien.