1359. EDUCACIÓN FINANCIERA
Sebastián Barranco Ledo | George W. Banks

El semáforo se pone en rojo en la avenida principal del centro. Detengo el coche. Un hombre de mediana edad se acerca a mi ventanilla. Vende pañuelos de papel. Bajo el cristal y saco la mano con la palma hacia arriba. Está a punto de depositar un paquete en mi mano, pero la retiro, y la vuelvo a tender:
—«Una ayudita para echar gasoil, por caridad» —con el carburante por la nubes, sólo me falta ponerme yo a pedir limosna.
El hombre del semáforo, desconcertado, se dirige hacia el siguiente coche, que se ha parado a distancia prudencial por detrás de nosotros. Como hay hueco, doy marcha atrás y retrocedo muy despacito, siguiendo al hombre del semáforo con la mano fuera, al estilo egipcio.
—Papá, me «avergüenzass» —dice mi hija desde el asiento de atrás, silbando la «esse» al final de la palabra.
—¿Tú no estabas mirando el móvil? —le pregunto triunfal: he logrado captar su atención. El semáforo se pone en verde y reanudamos la marcha—. Ya estamos llegando, anda, avísame si ves un sitio para aparcar.
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Voy con mi hija al banco, a abrir una cuenta corriente. Como en Mary Poppins, solo que con hombre del semáforo en vez de vendedora de migas de pan. Y por supuesto, sin sombrero hongo. A su misma edad, mi padre me llevó a mí, a la misma oficina del centro.
Era sábado por la mañana. Recuerdo un bolígrafo sujeto con una cadenilla a una especie de tintero anclado a un mostrador, y el olor metálico, a herida y «mercromina» de las pesetas, a papel sobado de los fajos de billetes y a tabaco; se fumaba en todas partes entonces. Recuerdo a mi padre, muy serio. Al terminar, me entregó la libreta, pero se la volvió a quedar: «yo la guardaré». Mientras salíamos, miré atrás, pensando en liberar de su esclavitud aquel bolígrafo encadenado.
*****
En el banco, el perfume de la gestora que nos atiende, junto con el olor a nuevo de la oficina, modernizada, disipan mis recuerdos. Asiento mientras la gestora explica a mi hija la importancia del ahorro, la inflación, las criptomonedas, el oro, que puede ser físico o financiero…
—«Au, valencia 1, 3» —recito de memoria, interrumpiendo desconfiado—. ¿Es que ya no es un elemento «químico»?
Dicho lo cual, rompemos emocionados la hucha de barro. Desde que era pequeñita, habíamos guardado hasta el último céntimo, esperando este momento. Un aluvión de monedas inunda el escritorio.
Contarlo lleva mucho más tiempo de lo previsto. Con cara de póker, la gestora comenta algo sobre otros «vehículos» de inversión. En ese momento miro el reloj y maldigo.
Yo, que había prevenido a mi hija contra las comisiones abusivas de los bancos, me veo en la necesidad de detraer del montante de la hucha cuatro euros en efectivo, en concepto de provisión de fondos para cancelar la multa de aparcamiento.
—Otro día, si eso, venimos al banco en «cabifai» ¿vale, papá? —dice mi hija, despreocupada—, pero «graciass» por la educación financiera.