886. EDUCACION TEMPRANA
MIGUEL FRANCINO GARCIA | POPE

Alguien tiraba con fuerza de mi. Me resistía a abandonar mi sitio, tan caliente y tan oscuro.

Estaba preparado para ese momento. Meses atrás mis padres lo habían decidido:

–Carolina, –decía mi padre –mis colegas de Neurociencia y yo estamos convencidos de que para asegurar una formación brillante conviene la educación temprana. Por eso debemos mantener muchas y variadas conversaciones mientras él está ahí, para que oiga y se vaya formando.
–Creo que sí, Doctor, –mi madre contaba que había empezado a llamarle Doctor cariñosamente cuando eran novios y se quedó como apodo entre ellos –por mi parte seguiré tocando a diario para que adquiera conocimientos musicales. Que le suenen los clásicos, que aprenda a entonar en Si bemol.
–Solo hay que hablar de todo y leer literatura en voz alta. Cuando sea mayor nos lo agradecerá, cariño.

Nueve meses recibiendo información de casi todas las artes y las ciencias. Yo, atento. ¿Qué iba a hacer?.

Demasiada luz. Huele raro. Hace frío. Ahora me veo colgado por los pies, me sostiene con una sola mano un tipo grande con bata blanca, veo, del revés, a los que hablan como mis padres. Mi madre echada en una cama estrecha parece cansada y mi padre a su lado, de pie, mirándome. Me canso de estar así y abriendo mucho los ojos suelto en voz alta y clara:

–Hola mamá, hola papá Doctor, os he reconocido por las voces, ¿sois vosotros, verdad?.

El tío de blanco da un paso atrás al tiempo que me suelta en el aire. Menos mal que estoy preparado y recuerdo cuando mi hermano mayor, que es cinturón verde de judo, contaba en casa como le enseñaban a caer sobre el tatami, primero hay que girarse en el aire, luego hacer el rodillo en el suelo, un hombro, luego la espalda, otro hombro y el brazo estirado para amortiguar la caída. Así lo hago y así me encuentro, tirado boca arriba a los pies de la cama, contemplando la escena:

Mi madre, ahora con los ojos en blanco, entreabiertos; un vahído, seguro. Mi padre, sentado en el borde de la cama, de espaldas a mí, la cara entre las manos. El de blanco con la espalda apoyada en la pared, los brazos en cruz y las palmas de las manos también contra la pared blanca, los ojos muy abiertos. Las puertas de acero todavía están batiéndose por el impulso que les dio la enfermera al salir corriendo despavorida gritando el nombre de algún santo (para mi desconocido, no he oído hablar de eso).

Yo también estoy asustado pero no tanto como ellos. Ni lloro ni grito. No es para tanto.

–Espabila, padre, no hay tiempo que perder. –digo mirándole, esperando a que se vuelva. –He pensado que me apuntéis a la guardería y a la escuela elemental al mismo tiempo, ya sabes que yo aprendo escuchando. Gracias a vosotros. ¿Hay un clarinete por ahí?.

Nadie se mueve.

Tres caras asombradas, gorro verde, me miran asomadas a la puerta entreabierta.

¿No han visto nunca un niño?.