1475. EFECTO CONTAGIO
Alberto Jesús Vargas Yáñez | Kálido Skopio

Si hay algo más destructivo para un matrimonio que la infidelidad es la rutina. Y la rutina se había apoderado de nosotros hasta tal punto que ya casi ni nos tomábamos la molestia de vernos el uno al otro en nuestra convivencia diaria. Se me ocurrió, por tanto, a modo de revulsivo, comprar en secreto un segundo móvil y registrarlo en mi agenda a nombre de Samanta, a la que le puse la cara de una rubia escotada y prieta en sus redondeces, cuya imagen robé de internet. Desde mi nuevo dispositivo empecé a mandarme wasaps picantones que yo mismo contestaba y que mi mujer, aprovechando mis intencionados descuidos, enseguida descubrió. A partir de ahí cambió de actitud para conmigo y volví a ser objeto de su atención, aunque no de la forma que yo hubiera deseado. Me convertí en destinatario permanente de sutiles reproches, unos reproches no directamente alusivos a mi supuesta infidelidad sino más bien relacionados con cualquier aspecto de la actividad cotidiana: “cada día haces más ruido a la hora de levantarte”, “a ver cuando te acostumbras a cerrar la tapa del wáter”, “has dejado la encimera llena de migas”. De nuevo existí para ella. “Algo es algo”, pensé.
Así estuvimos un tiempo, no mucho, hasta que la cosa se relajó bastante cuando ella empezó a recibir en su móvil wasaps francamente atrevidos de un tal Gerardo, como pude constatar en las regulares exploraciones que yo hacía a su teléfono móvil cada vez que se metía en la ducha. No me gustó nada aquel hallazgo ni aquel tipo, más joven que ella y con una barba espesa y negra como la que siempre me dijo que le hubiera gustado que yo tuviera. Así que, llegados a este punto, decidí intervenir antes de que las cosas se complicaran más. Samanta vino en mi auxilio y sin ni siquiera darle una explicación razonable de cómo había conseguido su número de teléfono, se presentó a Gerardo como aspirante a sus favores y le pidió una amistad que a todas luces él no podía rechazar a la vista de la abundancia tan bien repartida que mostraba en la foto de presentación.
Gerardo y Samanta mantienen ahora una tórrida relación por WhatsApp y aunque no deja de ser más que sospechoso que ninguno proponga conocerse en persona o conectarse por webcam, siguen tan enganchados con su cibersexo por escrito que han perdido todo interés en nosotros, mientras que nosotros, por un curioso efecto contagio, hemos resucitado nuestra vida sexual y disfrutamos cada día de una pasión desenfrenada que creíamos totalmente extinguida.