EL 239
Patricia Mella Hevia | LaPatry

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“Ponte la ropa buena, sé amable, y échate un buen chorro de colonia. Esa es la clave para una buena primera impresión”.

Antonio se acordó de su madre mientras esperaba turno sentado en la sala de espera abarrotada. ¨La primera cita es muy importante. La muchacha se hará una idea de ti y ya no la podrás cambiar”, le decía cada vez que le preparaba el traje bueno. Aunque sabía que a su hijo no le interesaba el matrimonio, le organizaba citas con chicas casaderas con la esperanza de que alguna le hiciera cambiar de opinión. Nunca lo consiguió, pero el consejo caló y Antonio lamentó que, con la prisa de las circunstancias, no hubiera tenido tiempo de coger ni la ropa buena ni de echarse colonia. Esperaba que con la amabilidad fuera suficiente.



Hacía tiempo que había dejado de mirar a la pantalla que tenia sobre su cabeza. Al ritmo que atendían, probablemente estaría allí todo el día: una sola persona para atender a tanta gente y no dejaban de llegar. Por cada uno que se acercaba al mostrador, entraban dos o tres.



Cerró los ojos y dejó que sus recuerdos le llevaran tiempo atrás, acordándose de aquellas muchachas que bajaban las escaleras de su casa para encontrarse con un desconocido que las iba a invitar a pasear por Isabel La Católica y a tomar un refresco. Alguna se lo tomó en serio. Otras algo menos. Más de una llegó a intuir por qué Antonio ( joven, guapo, educado y con trabajo) rehuía el matrimonio. Ninguna se lo reprochó. Bueno, una sí, pero no se lo tenía en cuenta.



Precisamente se estaba acordando de esta última cuando su compañero de silla le dio un codazo. “¿El 239 no es usted?” Le preguntó mirando de reojo el trozo de papel que Antonio sostenía desde hacía horas en la mano. Parpadeó saliendo de su ensimismamiento, y se levantó dando las gracias. Siguió la línea verde marcada en el suelo que llevaba al mostrador de recepción. Tardó un buen rato pero al parecer, allí no tenían prisa y esperaban a todo el mundo. Cuando llegó, el anciano le observó mesándose su larga barba blanca.



– ¿Nombre?

– Antonio Ledesma Sánchez, para servirle.

– Menos formalidades hombre, que no estamos en la casa del señorito – dijo el anciano, consultando un montón de papeles llenos de nombres. Al cabo de un rato, dio varios golpecitos con su dedo huesudo y levantó la vista -, Sí, aquí estás.

– Disculpe usted, por mi aspecto- dijo Antonio, señalándose

– Nada hombre, nada. Si vieras lo que nos llega por aquí…

– Ya, pero es que mi madre siempre decía….

– Ropa buena, colonia y simpatía – le interrumpió el viejo

– Simpatía no, amabilidad

– Sí, bueno, casi lo mismo. Pero conmigo no tienes una primera cita, va a ser la única.

. ¿Y? – preguntó Antonio, expectante.

– Estás dentro. Bienvenido al cielo.