El 25 de junio duró 3 años
Fran Sánchez Castillo | MARCHANTE

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El 25 de junio duró 3 años. La frase parpadea y se deja ver de forma intermitente, dentro mía, sin seguir un patrón lógico, aparece sin avisar y me la repito, desde no hace demasiado tiempo.

Aún no cumplo 18 y me siento abrumado. Le digo a Miguel que «a través de mis ojos siempre hace calor», aunque en la calle haga frío.

Carmen fue la última del grupo en besarse con alguien, su primera vez fue bastante celebrada, la verdad, pero yo estaba en un campamento de verano en Sierra Nevada así que me enteré después, lo cual es un poco raro, la tía podría haberme llamado, estaba en un campamento, no en el espacio. Esto fue cuando teníamos 15 años. «Carmen en latín significa poema» yo estaba en letras y ella en ciencias, así que supongo que nunca se habría enterado si yo no se lo hubiera dicho. Le hizo ilusión. Era mi mejor amiga. Yo, al menos, la llamaba así, con ella delante o sin ella, siempre decía «Carmen, mi mejor amiga»… No tengo claro si ella me lo consideraba, no recuerdo escucharla llamarme algo así como «su mejor amigo».

Mientras ella se pensaba tantísimo si valía la pena comerse los morros con un tío o con otro, yo cada 3 semanas buscaba alguien nuevo a quien venderle mi corazón adolescente , al final siempre resultaba, por lo que fuera o fuese, que esa persona no era quien iba a dotar mi vida de sentido para siempre.

Nunca supe por qué le costaba tanto, ella decía que no podemos fiarnos de todo el mundo, yo no entendía esa desconfianza.

Seguimos sentados en la acera porque no sabemos que hacer, y vuelvo a mirar a Miguel, que con los ojos llorosos me escucha atento. «Yo si me muero no me importaría» le digo. No sé si me ha escuchado bien así que vuelvo a repetírselo y asiente.

Carmen lloró desconsoladamente esa noche de camino a su portal, era el recorrido de todos los viernes, nos quedábamos los últimos y yo la dejaba en su casa, luego me iba. En el camino que hacíamos juntos siempre hablábamos, esa noche me contó que no creía que nadie pudiera quererla. Me fijé en sus muñecas, si hubiera observado mejor lo habría entendido antes. Me contó que se acordaba cuando de pequeña su prima mayor le dijo que solo ella podía quererla y que como se quería era como ella lo hacía «jugando al caballito». Temblaba no sé si porque era febrero o porque le daba miedo.

Desde que no nos vemos me he dado cuenta de todo lo que tuvo que pasar por su cabeza con ese primer beso con Kiko.

Ese fue su primer beso, pero el corazón de Carmen fue el primero en el que yo vi un alma, el primero en el que vi un mundo. La primera vez que vi que el miedo tenía más formas, más colores.