El abrazo de un bar
David Lorencio | Neferjeperura Ajenatón

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Seis meses que empezamos a hablar. Un encuentro casual en una sala de chat, solo evadirnos en un tiempo muerto. Nos cruzamos entre tanto ruido y nos sorprendimos con buena conversación, aunque como suele ocurrir en la mayoría de ocasiones, estas conversaciones se diluyen en el tiempo como una buena fragancia en el viento. Así ocurrió, aparentemente. Hasta que de forma improvisada llegó un mensaje. ‘Mañana llegaré a Madrid para una reunión de trabajo. Te invito a un café en la Plaza Santa Ana’.

Era septiembre. Ambos teníamos curiosidad por vernos.

Ella esperaba en un banco de la plaza, con la mirada perdida intentando encontrarme entre toda aquella gente.

Yo subía con ritmo acelerado por la Calle Huertas, llegaba tarde. Sabía que ella hacía ya 10 minutos que me esperaba.

Durante la espera hubo un chico que capturó su atención, no porque le gustase, era porque estaba solo y parecía algo despistado. Miraba constantemente su teléfono por si le daba alguna señal que lo confirmara. Hasta que me vio aparecer y no tuvo dudas de que era yo. Sonrió.

Yo la vi en el banco, con una mochila roja y sus grandes ojos. Se levantó y vino a darme un abrazo que le correspondí tímidamente, no me lo esperaba.

Estuvimos andando durante un buen rato hasta que nuestros pasos nos llevaron a perdernos por Malasaña. Fue el café con más kilómetros recorridos.

La última etapa de nuestra particular ruta discurre por la Corredera Baja de San Pablo. En la cumbre se encontraba una agradable terraza de un local llamado “La Pescadería”. Estaba llena, pensé que nos tocaría continuar caminando, cuando lo que me apetecía era sentarnos y tenerla cerca.

Tuvimos suerte, en el interior el camarero nos encontró un rincón. Un lugar con decoración cálida y moderna. El complemento perfecto para este encuentro.

Ambos estábamos muy a gusto y nos transmitíamos confianza con la mirada. Ella vestía un pantalón corto, medias tupidas, botines negros y una camiseta a rayas.

En un acto inconsciente, le puse la mano en su pierna mientras estábamos hablando. En un momento de la conversación surgió ese ‘medio abrazo’ , ese abrazo tímido del primer momento. En ese momento le pregunté si quería que lo completásemos y darle ese ‘abrazo completo’ y ella ahora tímida, asintió.

Me acerqué, entrelazamos nuestros brazos y al apoyar su cabeza en mi hombro, ella suspiró.

Al día siguiente ella no fue puntual. Me tocó esperarla a mí y buscarla entre toda aquella gente que se precipitaba por la Calle Atocha. Esta vez, nos abrazamos en cuanto nos cruzamos.