EL ABRAZO
Ismael Baena Alcalá | Sam Aress

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Abro los ojos de golpe.

Por un momento, no tengo ni idea de dónde estoy, después voy reconociendo la cama, el color pastel de las paredes, los muebles, todo está muy luminoso. Tanto que tengo que entrecerrar los ojos al mirar por la ventana por el brillo del sol, y no consigo ver la calle.

Entonces, de repente, recuerdo que tengo una cita. La primera cita.

«Hostia, que llego tarde», pienso, y me levanto literalmente de un salto.

Llevo hablando con ella un par de semanas, desde aquella noche de tormenta volviendo a casa. Y tengo que decirlo, me siento muy atraído, tiene como un magnetismo, un algo que no sé explicar y que me hace estar excitado y nervioso de conocerla por fin.

Ha habido días que la he notado más distante, como si de repente ya no estuviera interesada en mí, y ha sido muy extraño. Pero supongo que no soy el único en su radar… quiero decir, apenas la conozco y tendrá más gente, más cosas, más asuntos que atender.

A pesar de esos días raros, la mayoría del tiempo hemos estado hablando, a veces durante horas. Le he contado prácticamente todo de mí. Dónde vivía de pequeño, qué estudié, por qué me mudé aquí, de dónde venía la noche que hablamos por primera vez, lo que tenía pensado hacer al día siguiente… nunca en mi vida me he desnudado de esa forma con nadie. Ella no es tan elocuente, he de decir. Quizás es una de las razones por las que me atrae, esa aura de misterio, como un enigma que me gustaría resolver.

Estoy nervioso.

Me ducho, me arreglo la barba, y estoy media hora probándome ropa frente al espejo. Nada me parece bien, joder. No quiero ir muy informal para que no piense que para mí es simplemente una cita más, pero tampoco es plan de vestirme como si fuera a ganar un Nobel. ¿O sí?

Bueno, al final me decido por unos vaqueros y una camisa blanca que tenía medio abandonada pero que me gusta bastante. Está bien así, supongo, para una persona que suele ir en chándal.

Me corté el pelo hace poco, así que ahí no hay mucho que arreglar… o eso suponía. ¿En qué momento me ha crecido tanto? Bueno, nada que no arregle un poco de crema. Listo.

Estoy muy nervioso mientras voy hacia ella. Una parte de mí quiere darse la vuelta, entrar en casa y quedarse en la tranquilidad de mi salón, viendo una peli mientras me tomo un café. Otra parte está deseando verla, conocerla, saberlo todo de ella. Y perderme en ella, en sus brazos.

Al fin la tengo delante. Es todo lo que había soñado. Está guapísima, toda vestida de negro. Elegante, única, misteriosa.

Me llama. Voy hacia ella.

Podría parecer fría, pero me recibe con el abrazo más cálido y acogedor de mi vida.

Y descanso para siempre, en paz.