228. EL ACTOR DE HOLLYWOOD
RICARDO ALONSO MOLINA | Ricardito Rebonito

Poseo un don prodigioso que se manifiesta de forma incontrolada, generalmente los días en los que tomamos unas cervezas al salir de la oficina.

Anoche mismo me topé con un cura con alzacuellos y sotana en el que encontré, antes que nadie, un parecido asombroso con Gregory Peck. De entrada descarté esa posibilidad, qué iba a hacer un consagrado actor de Hollywood en el metro de Madrid y a esas horas. Pero era idéntico: delgado, las cejas arqueadas, altísimo. Caminaba unos metros en paralelo al andén y volvía sobre su pasos justo enfrente de mi banco. Recelé que pudiera ser una broma de cámara oculta en la que un figurante disfrazado de cura buscaría la reacción exagerada de los viajeros. Había bebido unas cañas con mis jefes pero no tantas como para caer en aquel montaje.

Con su pericia de actor, fingía no reparar en mí mientras simulaba esperar el metro. En cambio, yo sí le espiaba de reojo. Aquel parecido superaba mis dotes extraordinarias de fisonomista de famosos, era más que un doble perfecto, era exacto. Empecé a temer que realmente fuera Gregory, algo imposible porque llevaba años muerto, aunque mucha gente cree que Elvis sigue aún vivo. Quizá, simplemente estuviese escondido del público y saliera a airearse y qué mejor forma de pasar desapercibido que venir a Madrid de incógnito y disfrazado de cura. Cuanto más le examinaba más me recordaba al rencoroso capitán Ahab en Moby Dick, incluso llegué a percibir su aroma salino.

Soy de natural valiente pero el alcohol, además de potenciar mi don, me vuelve temerario. Para abordarlo, me las ingenié para entrar al vagón por la misma puerta. Me cedió el paso, siempre ha sido todo un caballero. Quise tenderle una trampa y le di las gracias en mi mejor inglés. Oí You are welcome! con un fuerte acento californiano. Sin duda era él.

Aquello excedía cualquier visualización anterior de rostros de famosos entre los usuarios de transporte público. Debía averiguar lo que estaba ocurriendo y decidí acecharlo a distancia. No sólo el rostro, hasta la silueta encarnaba la presencia honesta y justa de Atticus Finch. Hizo transbordo en Sol y le perseguí hasta la línea 3. Continuó exhibiendo sus andares impacientes en el andén hasta que llegó el metro.

Se bajó en Almendrales justo cuando los vigilantes cerraban la verja. Caminaba muy deprisa y en ese barrio apenas había luz por lo que me costaba seguirlo, vestido de oscuro y en plena noche. Primero perdí al cura. Luego me perdí yo.

Tardé mucho en volver a casa. Con el metro cerrado y sin dinero para un taxi, tuve que caminar una eternidad. Mi mujer aun estaba despierta cuando por fin entré en casa. Enfurecida, me echó una bronca inhumana, incluso me acusó de oler a alcohol. No quiso creer que esta vez todo se debía a haberme cruzado en el metro con un verdadero actor de Hollywood y ganador de un óscar. Tenía que haberle pedido un autógrafo.