188. EL ADULTERIO MÁS ALLA DE SUS LÍMITES
Juan Carlos Fernández León | RUSO

Si en serio me quieres tanto, desaparece para siempre de mi casa, le grita la viuda al espectro de su marido mientras otro hombre mancilla su antaño tálamo común. Pese a que ha transcurrido una década desde su muerte— sobrevenida por un infarto de miocardio que lo dejó tieso en una calle hacinada de gentío—su espectro prosigue insistiendo en una especie de seducción a distancia, ya que estima que su amor debe ser eterno porque la muerte no tuvo la decencia de ponerle un punto final a su relación, un matrimonio añoso lleno de sinsabores, de luces y sombras, basado en una vasta normativa de austeridad, aislamiento y represión. Si somos rigurosos, más que una seducción se trata de un auspicio o un marcaje férreo, la vigilancia meticulosa de un ser fosco que no termina de marcharse totalmente, como suele hacer la mayoría de los que mueren. El fantasma es una suerte de anarquista del más allá, un ser irreverente que destruye los preceptos de la vida para imponer los suyos desde la lejanía, una serie de desacatos absolutos a la libertad que se ha ganado la esposa con su muerte. El espectro es lo que viene a ser un pelmazo que no ha hallado una distracción mínima en lo más remoto de la existencia y por este motivo recurre a visitas extemporáneas a la alcoba de su viuda. Vamos, que el espectro—que durante su vida no tuvo más entretenimiento que el de disparar a bocajarro sobre venados inermes—se aburre. Y como tiene todo el tiempo del mundo a su disposición, de vez en cuando se asoma por su vieja casa para comprobar si el estado de las cosas ha variado desde que los designios fatales se sublevaron justamente contra él, con la expectante alegría de todo aquel que lo rodeaba.
Por su parte, la viuda no soporta oír ululando a su ex cuando se acuesta con otro. No aguanta su graznar de cuervo circunspecto ni el bisbiseo de víbora que exhala al contemplar como otro hombre reconquista con caricias y besos la piel de su esposa. Es para ella intolerable presentirlo oculto detrás de las cortinas o dentro del armario, auscultando como un lúbrico mirón del más allá cómo ella se revuelca entre las sábanas del lecho, antes un catre célibe escasamente manchado con su sudor o semen, con su deseo ardiente de marido cumplidor.
Que sea la última vez que te presiento por aquí, le advierte ella con seriedad punzante mientras le amenaza con un libro, un eficaz antídoto contra espíritus impertinentes de escaso hábito cultural. Entonces el espectro, cohibido, terriblemente atemorizado por el arma esgrimida, se marcha cabizbajo, arrastrando con pesar el cliché de sus cadenas, secándose las lágrimas con el tópico de su sábana, aunque antes de abandonar el dormitorio se gira y desde el umbral de la puerta le susurra espectralmente a su viuda—casi pidiendo un perdón dulce— que al menos podría engañarle con un hombre de carne y hueso.