1121. EL ALEMÁN, EL LEÓN Y EL BALOT
Marco Antonio Ruiz Hidalgo | MARH

Cuando conté a unos amigos que volví porque comí Balot en el viaje, ninguno sabía lo que era. Al contarles que es un huevo de pato ya fertilizado con su embrión dentro que se cuece al igual que un huevo cocido, dieron arcadas.

Uno preguntó cómo coño podía comerme algo tan asqueroso y todos me llamaron flipado.

La verdad es que casi no lo comí. Casi vomito al ver el patito con su ojito y alita tan pequeñita dentro de la cáscara de huevo. Pero aguanté y no fui corriendo hacia la puerta por ser educado y por lo que me dijo el alemán unas semanas antes.

Le conocí al principio de mi viaje en un hostel donde un grupo estaba organizando una salida al zoológico de animales salvajes. Cuando el alemán se enteró de que allí el público podía estar a escasos metros de su animal favorito dijo sí-sí-sí-sí-sí-sí. Nos contó que era un friki de los leones y empezó a recitar el guión del Rey León. Y no solo el diálogo. El guión entero en inglés: “Dawn. The sun slowly rises over an African plain – full, brilliant.”

Como éramos muchos, llegamos tarde y el recinto estaba petado porque era la hora de dar de comer a los leones. Veíamos poco y este chico, el alemán, buscaba colarse como podía. Un momento estaba buscando un hueco entre las personas y luego el loco estaba brincando como los Maasai.

Mientras seguía intentando ver los leones, la cuidadora salió con la comida pero, de repente, ella gritó que nos moviéramos para atrás. Nadie sabía qué ocurría, pero cuando una cuidadora de leones te grita que te muevas, te mueves.

Todos nos echamos para atrás. Todos menos uno. Él se coló entre uno y otro y, en cuestión de segundos estaba, no solo en primera fila, sino unos 10 metros por delante de todos.

Por fin podía ver y lo que vimos todos era un león con su pata levantada listo para mear. Lo he visto y te juro que un león no mea como tu gato en casa. No. Mea fuerte. Mea con presión. Mea como si estuviese disparando un Super Soaker tocho y marca su territorio con un olor repugnante.

Bueno, el alemán se empapo. La cara y todo. Estábamos en shock pero de sopetón él levantó sus brazos al aire como dando gracias a Dios por el maná del cielo. Bailaba y celebraba y se reía.

Más tardé, cuando ya habíamos vuelto al hostel y él se había duchado y cambiado, no pude evitar decirle que era un flipado por décima vez. Y me contestó que sí, pero al menos él era un flipado que podía contar que bailó debajo del pis de un león. Raro o extraño puede ser lo que encontramos en el viaje pero hay que aprovechar de todo en tu camino, dijo.

¿Y el Balot?

Lo comí entero y vomité con tanta fuerza que acabé en el hospital.