17. EL AMOR LAS MOSCAS Y LA MUERTA
Alexa B M | ALEXABZ

Tres temas hay en la vida: El amor, la muerte y las moscas.
Sí, vecina, sí. Lo he leído en un libro de un famoso escritor, que según recuerdo se llamaba Augusto Monterroso, y esta mañana he llegado a la conclusión de que en mi vida me falta el amor y sólo existen las moscas y la “muerta”. Sí, sí, digo la muerta y no la muerte, porque la “muerta” es esa zona que tengo situada un palmo por debajo del ombligo y dos por encima de las rodillas… tú ya me entiendes. No pongas esa cara de incrédula, mujer; yo te puedo asegurar que está muerta y bien muerta, y aunque te cueste creerlo todo es por culpa de aquel maridito que me eché cuando yo era un pimpollo dominguero. El muy cabroncete, como un “Boris” cualquiera, consiguió que, después de quince larguísimos años aguantándole, terminara más virgen que la Inmaculada. ¿Que no te lo puedes creer? Pues créetelo: virgen y revirgen, pues se tumbaba a mi lado en la cama, y después: nada, nada y nada, como los peces. Ya ves, vecina, así todas las noches, y al final: virgen, virgen y virgen.
Y ahora, a mis cuarenta y pico, sólo me quedan las moscas y la “muerta”, y no sé cuál de las dos cosas es peor.
Las moscas, en verano, dale que dale, pica que pica, insoportables se tiran sobre mi cuerpo embadurnado de aceite de coco, mientras tomo el sol, desnuda en la terraza, con el malicioso propósito de llamar la atención de ese vecinito, por cierto, buenísimo, que tenemos enfrente, y que no me hace ni puñetero caso. Yo creo que la culpa la tienen las moscas, que me irritan y no me dejan mover el palmito como a mí me gustaría. Al final, a esperar, como siempre, la llegada del invierno, y que un buen frío las mande al infierno.
Que descanso, chica, que descanso vivir sin moscas; aunque eso sólo son los primeros días, porque después, como no tengo con qué entretenerme, empiezo a pensar en la “muerta”; sí, ya sabes, esa parte insensible que me acompaña día y noche desde lo de mi “Boris” particular, y entonces me entra la depre. Porque, claro, yo la veo rosadita y vivita, pero se comporta como un verdadero cadáver. Ni una sola alegría me da, ni una sola sonrisita me proporciona: como en un funeral, y no precisamente de moscas.
En fin, que esta mañana me he levantado con ganas de arreglar estos males, y ahora me voy a poner los coloretes, a pintar los labios, bien pintaos con rojo fuerte pasión, y con el vestido que me compré para la boda de mi prima, que es escaso de tela arriba y corto de confección abajo, pienso echarme a la calle a ver si engancho a un pipiolo calentito que me espante las moscas en verano y le proporcione calorcito a la “muerta” en el invierno.
Adiós, vecina, ya te contaré a la vuelta.