809. EL ANGUSTIANTE DÍA A DÍA DE UN PERSONAJE PERTURBADO POR LAS SOMBRAS DE SUS TRAUMAS NO RESUELTOS.
Álvaro Romero Pedreira | ZuK

Se desperezó tras varias horas de un profundo sueño reparador. Inmediatamente, se levantó alarmado, angustiado y desazonado. No podía creerse que volvieran a acontecer los mismos hechos. Pero así era, por lo que sin ápice de dudas corrió ligero hasta la mesilla en la que se ubicaba el teléfono, una reliquia ancestral que todavía conservaba en recuerdo de su abuela Sigmunda. Golpeándose la cabeza, implorando unos instantes de paz, hizo la llamada que podría ayudarle a eliminar ese sentimiento innombrable que le desvencijaba cada vez con más fuerza sus entrañas.
―Paco, me ha vuelto a pasar, ya no sé que hacer para pararlo ―imploró a Francisco, su terapeuta de corriente humanista-existencial, para solicitarle, desesperadamente, alguna herramienta para frenar aquel exasperante martirio.
―Ya sabes lo que hemos hablado en terapia; déjalo pasar, no te obsesiones con él y sigue con tu vida haciendo oídos sordos ―comentó Francisco, en un alarde de sabiduría a la hora de resumir los aspectos técnicos de sus terapias.
―Es que me persigue, hoy ya desde que me desperté. Sólo lo puedo callar con lo que tu y yo ya sabemos, el resto de las cosas aumentan más mi angustia.
―No lo apruebo, pero eso es decisión tuya, yo no puedo hacer nada más. Tu eres dueño de tu vida, no yo.
La conversación, cada vez más taciturna, terminó en agua de borrajas; por lo que mi víctima comenzó a deshacer mi rimbombante narración con la única herramienta que conocía y que daba resultado, a fin de cuentas.
―Mira, vocecita horrible, si no te callas tu solita, seré yo quien lo haga ―me dijo, desafiante, mientras empezaba a beber cervezas, una detrás de otra.
Poco a poco, con cada sorbo, mi retórica se iba apagando. Terminé en sus manos, en silencio, sin más palabras bonitas.
―Por fin te estás volviendo tosco, ¿eh? ― dijo.
Terminó de emborracharse. Y se durmió.