617. EL APEADERO
JOSÉ FERNANDO CUENCA GÓMEZ | Peón de Dama

Como una vieja cafetera, el desvencijado tren traquetea sobre las interminables vías.
Uno de los viajeros viste un traje gris oscuro con finas rayas de un verde brillante.
Justo en el asiento de enfrente, una mujer menuda, vieja, bigotuda, que viste un raído vestido negro, que se cubre la cabeza con un pañuelo del mismo color y que está anudado fuertemente bajo la barbilla, lleva resguardada entre los zapatos, también negros cómo no, una pequeña cesta de mimbre con un puñado de huevos recostados entre abundante paja. Blancos, más que nada por llamar la atención.
La mujer mira al frente sin desviar la mirada y tiene la curiosa costumbre de tirar frecuentemente hacia abajo del borde superior del pañuelo, atemorizada de que su compañero de viaje, el viejo profesor, ajena a la pelambrera que, a modo de cepillo tiene sobre el labio, pueda verle algún cabello rebelde.
El revisor del tren entra en el vagón y al llegar a la vieja enlutada se encuentra con su conocida y fiera mirada que lo hace abstenerse de pedirle el ticket.
Un agudo pitido anuncia que el tren llega a una mísera estación haciendo chirriar los frenos, y deteniéndose finalmente en un apeadero que hay en medio de la nada. Un triste empleado agita con lentitud un sucio banderín rojo como si fuera un odiado linier. El uniforme arrugado y deslucido hace años que se le quedó estrecho y apenas puede contener su voluminosa barriga cervecera. Un fino bigotito adorna su anodino y rosado rostro con una moda anticuada. Francisco se percata alegre de que en el infinito universo hay alguien más anticuado que él.
La anciana del mostacho se levanta y se despide de Francisco retorciendo el bigote. Luego salta desde el vagón hasta el apeadero con una sorprendente agilidad. Al caer en el suelo, un huevo blanquecino se suicida contra el sucio cemento. Los dos bigotudos, viejos antagonistas que mantienen viejas cuentas pendientes, se desafían con miradas llenas de fiero rencor, como si el hombre tuviera la culpa del mortal accidente, como si la mujer fuera la responsable del aburrimiento eterno que consume la vida del hombre.
Finalmente, mientras el tren se pone de nuevo en marcha con un nuevo silbido y soltando un chorro de humo negro, la mujer encorvada se tira del pañuelo con la mano libre y se aleja con la cesta apoyada en la cadera, soltando improperios por la boca desdentada.
Francisco llega a ver como el empleado ferroviario barre con una gran escoba de esparto el suelo de cemento resquebrajado, arrastrando los restos del huevo hacia ninguna parte. El hombre se quita la maltrecha gorra descubriendo una cabeza esférica, limpia, deshabitada. Aún no ha perdido la costumbre de mesarse los desaparecidos cabellos y parece que, ridículamente, quisiera sacar brillo al reluciente cráneo. Después de ponerse la gorra de nuevo, usando inútilmente el silbato, da permiso al maquinista para arrancar el tren, que en la distancia se aleja de la triste estación.