707. EL AROMA DEL MERCADO
José Ramón Ramos Martínez | Auroch

Mi nombre es Sancho, aunque todos me conocen por mi sobrenombre Panza y les voy a relatar a vuesas mercedes algo que me aconteció hace algún tiempo. Mi adorada esposa Doña Teresa Cascajo tenía intención de preparar para el día siguiente un opíparo guiso de los que a un servidor le resultaba imposible resistirse hasta que no quedaba ripio en la cazuela.
¡Sancho! – me dijo – Vete al mercado y trae carne de cordero y unas verduras para el puchero.
Y yo que la tenía como a la emperadora del modesto reino de mi casa, me apresuré a complacerla, con el aliciente de la visita a la bodega de mi amigo Eufrasio antes de hacer el mandado. Aparejé al Rucio para cargar con las compras y me dirigí a la cercana localidad de Valdepeñas.

No recuerdo cuánto tiempo permanecí en la tasca bebiendo vino ni cuántas jarras pudimos consumir entre Eufrasio y yo acompañando nuestra abundante merienda. Al salir, en un rincón de la plaza, algo apartado del resto de tenderetes, observé a varias personas que se agolpaban en torno a un carromato. El carro estaba rodeado por una serie de lonas opacas formando una tienda como la de los caballeros en las justas.

La cabeza me daba vueltas debido a la cantidad de vino ingerida y el estómago se me empezaba a revolver tras el copioso cocido del mediodía y la opulenta merienda en la bodega. En el carro, rodeado de recios barrotes, se encontraba un enorme oso tan grande como un molino y del color de la boñiga del Rucio. La gente observaba con admiración al animal y este les devolvía una mirada aburrida y soñolienta. Algunos callaban. Otros no hacían más que decir tonterías y sandeces.

Hastiado de tantas idioteces, el oso dio la espalda a sus visitantes y soltó una ventosidad que hizo temblar los barrotes. Aprovechando aquella ocasión que se me ofrecía, di rienda suelta a los vientos que pugnaban por salir de mis intestinos, ofreciéndoles la libertad que estaban reclamando a mi barriga. Fue un cuesco silencioso, a traición, de esos que me dejan la chimenea trasera tan caliente que pareciera que acababa de echar fuego por ella. Inmediatamente todos los asistentes abandonaron las inmediaciones de la jaula. Decían que iban a ver a los caballos o la vacas, pero yo sé que el verdadero motivo de su huida fueron los efluvios difundidos por mi portentosa flatulencia, aunque el acusado de aquel entuerto fue el oso. Incluso él se dirigió arrugando el hocico a tumbarse en el rincón opuesto, seguramente aguardando que la pestilencia se disipase. Al menos, pensé, conseguí que le dejasen tranquilo y que reinase la paz frente a las rejas durante un buen rato.