El ascensor
Raquel Vidal Martínez | Elisa Leclavart

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Recorrí los escasos metros que separaban el hotel de la estación de metro. A pesar de que las primeras hojas de los árboles comenzaban a teñirse de ocre, la temperatura era agradable para ser octubre y, pese al tono plomizo del cielo, no llovía. Me había puesto mi vestido azul y una gabardina, mi outfit preferido para sentirme segura, pero lo único que deseaba a esas horas era deshacerme de él. Traspasé la puerta giratoria que daba al vestíbulo con la intención darme un baño y relajarme hasta la hora de cenar, habiendo hecho para entonces un pedido al delivery más cercano.

Al torcer la esquina hacia la zona del vestíbulo donde se situaban los ascensores escuché el timbre que indicaba que uno de ellos había alcanzado la planta baja. Entré en la cabina y saludé sin mirar y por defecto buscando el número de mi planta en la botonera. Entonces vi como otra mano apretaba el botón que yo quería alcanzar. Levanté la vista hasta su rostro. Acto seguido mi corazón brincó creando una sensación de vértigo que no fue provocada por el cambio de altura.

– ¿María? ¿Qué haces aquí?

– Tenía una reunión. – respondí de forma entrecortada, aún intentando recuperar un latido y respiración acompasados.

– Yo también estoy de viaje de trabajo – sonrió.

Me sacudí un poco el vestido y me atusé el pelo. Nos miramos a los ojos durante un instante fugaz.

– ¿Cómo estás? Hace mucho que no sé nada de ti.

– Todo bien– respondí.

Estaba más relajada cuando el timbre del ascensor volvió a sonar.

– ¡Quinta planta! Tú primero.– dijo cediéndome el paso.

Caminamos juntos hasta la bifurcación del pasillo mientras rebuscábamos para encontrar las tarjetas. Yo me disponía a entrar, pero él sugirió:

– ¿Tienes planes para esta tarde? Quizás podríamos ir a dar una vuelta y ponernos al día.

Me estremecí. Por un momento había pensado que lograría pasar de puntillas por este encuentro casual. Mi cuerpo respondió por mí.

– No. – Contesté. – Solo necesito darme una ducha y cambiarme.

– Genial. Te recojo en un rato.

Acerqué la tarjeta al picaporte. ¡Beep! Cerré la puerta detrás de mí con suavidad y apoyé la espalda sobre ella. ¿Cuántas probabilidades hay de que una primera cita con un antiguo amor surja tras un encuentro inesperado? Entré al baño y abrí el grifo de agua caliente. Me miré en el espejo. Motitas de máscara se habían depositado sobre mis ojeras después de toda la mañana. Me sumergí bajo la lluvia abrasadora de la ducha. Al salir me sequé, me apliqué máscara de pestañas y me puse un vaquero y una blusa. Recogí mi cabello en un moño deshecho y solté un par de mechones que enmarcaron mi rostro. Tres golpes secos en la puerta me sacaron de mi ensimismamiento. Cogí el bolso y la cazadora, respiré profundamente y abrí la puerta sonriendo. Ahí estaba.

– ¿Nos vamos?.– cerré detrás de mí.