1066. EL ATAQUE DE LA ESPUMA
Mercedes Burillo Novillo | Mer

En plena pandemia llevar una mascarilla pegada a la cara, ha hecho que gestos como comer ajo o un simple caramelo de menta sin llorar, hayan pasado a ser deportes de riesgo. ¿Y qué decir de toser?, toser ha ascendido de necesidad fisiológica a pecado mortal.
Así las cosas, estaba yo la otra mañana en el metro, cuando siento cierto picorcillo de garganta y una flemilla juguetona muy empeñada en hacerme cosquillas en la tráquea. Nada que no pudiese solucionar un buen carraspeo y una tos de esas que te renueven hasta las vísceras. Pero solo de pensarlo imagino la escena. Las puertas del vagón se abren y mientras la gente huye despavorida, entran unos sanitarios con sus trajes espaciales, que tras rociarme con lejía, precintan mi boca y me clasifican como material radiactivo. ¡Ni hablar!, toser ahora mismo no es una opción.
Entonces recuerdo las pastillas para la garganta que me dio mi madre dentro de su kit de supervivencia. ¡Ay las madres! Y su capacidad de adelantarse a los acontecimientos.
Meto la mano en el bolso, y rebusco a tientas el bote, cuando toco el tubo de plástico alargado, saco una. Y sin apartar la vista del móvil, porque por nada del mundo me perdería la storie de la influencer de turno a la que se le ha roto una uña y lo está retransmitiendo en directo, me aparto un poco la mascarilla y la introduzco en mi boca.
Pero cual es mi sorpresa cuando al entrar en contacto con la saliva, empiezo a sentir un cosquilleo extraño en la lengua. En cuestión de segundos tengo la boca llena de espuma y los carrillos inflados de gas al más puro estilo pez globo.
Aguanto la respiración mientras abro el bolso con desesperación para, comprobar con horror, que el tubo del que he sacado el comprimido, lejos de ser el de las pastillas para la garganta era el de mis vitaminas esfervescentes.
Hago lo imposible por aguantar, calculando cuánto queda para llegar a la próxima estación, pero para mí desdicha el tren se detiene en el túnel. Hoy los hados parecen estar en mi contra. Entonces empiezo a sudar presa del pánico, y sin poderlo remediar una mezcla entre arcada seca y tos, hace que la espuma salga disparada por mi boca precipitándose al exterior por los cuatro costados de la mascarilla. Cientos de ojos se clavan en mi, mientras yo cierro los míos como si eso me hiciera invisible a los demás. Entre la multitud de gritos y aspavientos escucho a alguien decir algo sobre un ataque epiléptico, y no me lo pienso. Me tiro al suelo y empiezo a patalear como si me hubiera dado un calambrazo.
Quince minutos después, mi dignidad y yo salimos del metro de La Latina, habiendo salvado la situación lo mejor posible, aunque con cara de asco al recordar que alguien me había metido algo en la boca para que no me mordiese la lengua.