El atraco
Amparo Vázquez Belda | Amparo Vazbel

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—Baje el arma, por favor.

Eliseo se acercaba lentamente al hombre tratando de disimular su miedo. No quería morir. Esperaba a su primer hijo. «¿Qué nombre le ponemos si es niña?», había comentado su mujer durante el desayuno. En sus ocho años como vigilante de seguridad en la sucursal bancaria del pueblo era la primera vez que sufrían un suceso como este. Las únicas incidencias hasta entonces eran meras anécdotas del día a día. El atraco lo había pillado desprevenido a pesar de su formación previa. Tras años de monotonía, su trabajo había caído en la inercia.

Observó al asaltante. Venía encapuchado y apuntaba con pulso nervioso a Nuria, la empleada, mientras esta introducía el dinero en la bolsa de deportes.

A Nuria le parecía que el corazón se le iba a salir del pecho. Temblaba. Quería llorar. No se atrevía. Jamás se le habría ocurrido que en su primer día laboral iba a tener una escopeta apuntándole a la cabeza.

Durante el desayuno había pensado en lo satisfecha que se sentía de sí misma. Había hecho un gran sacrificio para acabar su carrera y aprobar la oposición. Horas y horas sin salir, renunciando a su mejor momento de la juventud, con los ojos pegados a los apuntes habían fructificado en un puesto de trabajo ilusionante y tranquilo en aquella entidad rural. Creía que iba a tener todo el resto de su vida para resarcirse. Y ahora… Escuchaba al vigilante tratando de convencer al atracador para que depusiera su actitud mientras ella seguía llenando la bolsa de deportes.

—Le suplico…—murmuró ella.

—Siga—le respondió el ladrón con contundencia.

Un sudor frío corría por la frente de Antonio bajo el capuchón. Era su primer robo. Ya estaba harto de pasar penalidades desde el ERE de su empresa. La paga que le daban apenas alcanzaba para mantener a su familia. Su mujer le reprochaba que no tuviese iniciativa, que no fuese capaz de encontrar otro trabajo en el que prosperar. «Eres un fracasado, Antonio» resonaba cada mañana a la hora del desayuno. Lo intentó; sin embargo, para una persona de sesenta y dos años era complicado encontrar algo.

En los primeros días del mes recibía la paga del paro, el día quince o dieciséis el dinero se había acabado después de haber liquidado varias facturas. En esa oficina bancaria, la de toda la vida, le habían denegado un adelanto y su situación era desesperada.

Veía a Eliseo acercarse mientras le hablaba. Lo conocía desde que jubilaron al vigilante anterior. No lo quería escuchar, no quería arrepentirse, «le compraré a mi mujer los pendientes que tantas veces me ha pedido. Le demostraré que no soy un inútil». Se concentraba en la nueva empleada mientras llenaba la bolsa de deportes. Se tensó cuando vio a Eliseo accionar el dispositivo para avisar a la policía.

Un empujón, un golpe, el forcejeo, otro golpe, un grito… Un disparo seco y contundente resonó en aquella oficina por primera vez.