475. EL AUDITOR
ÁLVARO BELDERRAIN GARCÍA | Vincent Moon

Aparto una telaraña y alcanzo una cerveza Dorada del minibar. Me he levantado a las 3:30 de la mañana, hora de Canarias. El grasiento mando a distancia me devuelve unas imágenes de una mole negra de Bismarck, Dakota, comiendo cuarenta hot-dogs en una hora. Así no conseguiré relajarme. No recuerdo un viaje tan deprimente desde mi luna de miel, que pasé en solitario por problemas de agenda de mi exesposa.
Ahora son las 23h en Tenerife. Por la rendija de la ventana se cuela un olor reconfortante a ozono. Me acabo de he despedir hasta mañana del auditor, que ahora descansa a solo tres o cuatro habitaciones de la mía. Hoy ha impartido justicia en nuestras oficinas, vaya si lo ha hecho. Ha escrutado contratos, despedazado informes, sacado faltas allá donde no las podía haber… Ha machacado a becarias hasta hacerlas llorar, desear no haber nacido. Ha mandado a más de uno al paro. Inexpugnable y abrupto como el acantilado de los Gigantes, apenas ha atendido a nuestras súplicas. Ningún atisbo de clemencia ha asomado a sus ojos de acero corrugado, apartados de los mortales tras unas lentes gruesas. Luego, en la cena, ha querido mostrar una imagen más cercana, manejando la ironía de manera dudosa, trasegando y soltando algún que otro chiste sobre mujeres que friegan. En toda la jornada no ha parado de sudar a mares.
Al fin me dispongo a dormir. Bajo las sábanas, con mis dedos acariciando ya el interruptor de la luz, oigo ruidos en la puerta. Servicio de habitaciones, pienso, aunque yo no he pedido nada, y menos a estas horas. Me incorporo; antes de poner pie en el suelo, los golpes se repiten. Álvaro, me llama. Alguien del hotel no se tomaría tanta confianza. Álvaro, abre, insiste.
Es el auditor.
Me espera tras la puerta —pegado a ella—, con las gafas empañadas. Necesita ayuda, me dice nuestro azote. Me parece que viste un pijama infantil, pero bajo la luz del pasillo es difícil distinguirlo. Lo acompaño a su habitación. La cama está revuelta, la ropa desparramada por el suelo, la maleta abierta y atravesada. Hay un olor dulzón a colonia. Me tropiezo con las esquinas de un gran libro de colorear que sobresale de la mesa. El auditor, en efecto, lleva puesto un pijama con estampas de Winnie the Pooh y su inseparable Cerdito.
Se cubre con un gorro a juego y se mete en la cama. Tembloroso, con mirada de animal asustado, me pide que lo arrope. No te vayas, implora. No te vayas aún… Acepto y me quedo unos instantes arrodillado junto a él. Cuando cierra los ojos apago la luz. Casi de puntillas me deslizo hacia la puerta, mientras resuena un trueno lejano, como si los dioses jugaran una partida de bolos allá por el Teide.
¡Mamá, no me dejes solo, mamá!, oigo detrás de mí.
De vuelta en mi cama apago la luz. Me echo una manta por encima. A veces hace frío en las Canarias.