EL BANCO
DAVID RANZ CORONADO | DAVID RANZ

Votar

Iba diariamente para disfrutar de su momento a solas con Alicia. Daba igual si llovía o nevaba, si hacía un calor insoportable o el frío se calaba hasta los mismos huesos. Mateo iba a visitarla, se sentaba en el banco, fijaba la mirada y dejaba transcurrir el tiempo, solo imaginando otro tiempo. Un tiempo en el que Alicia le acompañaba.

Le gustaba disfrutar a solas de ese momento antes de volver a casa.

Ese día, sin embargo, cuando Mateo estaba a escasos metros de su banco le pareció ver a alguien. Era indignante que se hubiera atrevido a estar allí.

Estuvo a punto de volver sobre sus pasos cuando la ocupante se giró y saludó amablemente. Mateo supuso que también estaría visitando a alguien y no le quedó otra opción que sentarse junto a ella.

Era una mujer morena y bien arreglada, más o menos de su edad. Quizá algo más joven. Friolera. Mateo intuyó que lo era por la gabardina color verde militar y el pañuelo al cuello. El pañuelo le recordó a Alicia, siempre llevaba uno en el bolso. La intrusa, porque así es únicamente como se la podía calificar, una intrusa, era friolera. Nunca puedes fiarte de alguien que lo es, una persona friolera no tiene sangre en las venas. Y ella lo era. Además, pretendía darle conversación.

Entendió quien colocaba esas macetas con flores en la tumba de al lado. No le gustó que estuviera allí, ocupando el lado derecho de su banco. Aunque eso podía asumirlo, lo que no estaba dispuesto a aceptar era que también tuviera que entablar conversación con ella.

Tuvo que claudicar. Por educación, tuvo que claudicar.

Clara, así se llamaba la mujer, le contó que había perdido a su marido hacía casi tres años, aun así, seguía hablando todos los días con él. A Mateo esa actitud le pareció una locura, sobre todo si esperaba que su marido le contestase.

Dos años desde la ausencia de Alicia y nunca habían coincidido, a pesar de ir ambos a diario. Mateo siempre a última hora. Clara, casi al amanecer; era su ritual para comenzar el día con la fuerza que aún le daba su marido desde donde estuviera.

Comprobaron que no solo tenían en común haber perdido a su pareja, sino también la pasión por el teatro, visitar alguna exposición interesante, escaparse a comer y disfrutar de la visita a algún pueblo cercano, tomar un vino con los amigos… planes que se habían ido desvaneciendo porque ya no los disfrutaban de la misma manera…

Ninguno había tenido una cita desde hacía mucho tiempo, a pesar de los esfuerzos de los amigos de ambos.

¿Por qué no cambiar aquello y pensar que era su “primera vez”? Al menos su primera vez compartiendo un vino. Decidieron que era un buen plan para seguir charlando.

Clara se despidió de su marido, y Mateo, haciendo caso a Clara, habló en voz alta a Alicia por primera vez en mucho tiempo.