El bosque
Rodrigo García Villarrubia | Lázaro

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Una gélida mañana de marzo decidí hacerlo. Era una lástima hacerlo precisamente aquella mañana, tan bella y soleada. Los mirlos susurraban al sol, animándolo a despertar, y los árboles del frondoso bosque situado al lado de mi hogar parecían saludarme cuando sus hojas verdes se mecían con la brisa. Todo parecía animarme a volver a abrir mis cuadernos para registrar tanta belleza, para volver a enamorarme de sus páginas, para volver a amar este mundo… Pero era demasiado tarde.

El día que decidí hacerlo me adentré en el bosque, ese que tantas veces había recorrido con ellas, ese que tantas veces me salvó del humo y el hormigón de la ciudad, que tantas veces fue refugio y calma… Ahora no eran más que hojas y troncos vacíos de toda poesía, nada más que plantas luchando por sobrevivir, que adornan el lugar de forma accidental.

Caminé descalzo entre las hojas caídas que el rocío había humedecido con su llegada. Escuché durante un momento con los ojos cerrados. Capté toda clase de sonidos: el piar de los pájaros, el croar de las ranas, un gato sigiloso pisando una rama, mi propia respiración, y, una nariz olisqueando… Abrí los ojos y me encontré cara a cara con un ciervo curioso que acercaba su nariz a mi cabeza tratando de descifrar qué clase de criatura era yo.

Lo acaricié sin miedo, los ciervos del bosque estaban acostumbrado a la presencia de humanos y no les temían lo más mínimo. Ella amaba los ciervos. Siempre que salía a jugar suplicaba que adoptáramos a uno de ellos. Ya nunca más escucharé esas inocentes palabras. El ciervo parecía ir hacia mi hogar mientras tocaba con suavidad su cabeza con la mía, parecía como si tratara de llevarme de vuelta. Lo ignoré y seguí mi camino.

Caminar descalzó comenzó a pasarme factura, tenía todo tipo de pequeñas ramas y barro en los pies, pero, al mismo tiempo, resultaba liberador, sentir el bosque con todo mi ser, tocarlo, ser casi parte de él.

El tímido sol comenzó a dejarse ver entre la vegetación, abrazándome con sus rayos como si tratara de seducirme. En ese momento me detuve. Su luz pareció volverse más intensa y llegó a deslumbrarme. En sus destellos atisbé dos figuras que me resultaban familiares, una mujer esbelta y una niña que le llegaba a la cintura, se estaban dando la mano. No pude contener las lágrimas, pero, cuando pestañee ya no estaban allí y volví a ver el bosque, tan lleno de vida y a la vez tan vacío.

Tras unos cuantos pasos más, llegué por fin al final del bosque. Un acantilado se extendía frente a mis ojos. Una muerte segura. El viento soplaba en dirección contraria y el bosque se mostraba bello como nunca a mi espalda, pidiéndome que diera media vuelta. Yo no podía escucharle, el dolor me impedía oír, me impedía ver, me impedía vivir. Una salida frente a mis ojos. No dudé un segundo más, y me dejé caer.