El bosque
Raquel Martin | Raquel Martín

Del cuerpo, aún caliente, emanaba un humo que se confundía con la niebla que la luna iluminaba.

La sangre, espesa, resbalaba por el cuello, enterrando en el suelo una vida que se escapaba a través de cada gota.

Los ojos abiertos gritaban lo que la sesgada garganta ya no podía chillar, pero su lamento no se escuchaba, acallado por el crujir de unos pasos culpables que se alejaban hacia la oscuridad.

En el claro del bosque el frío de la madrugada cortaba como el cuchillo que había rebanado la vida de la joven hacía pocas horas.

El forense lo había certificado: hora de la muerte entre las 02:00 y las 03:00 horas.

Habían llegado tarde. De nuevo.

La detective Corrales se acercó al cadáver, se arrodilló junto a él y, tras examinarlo, y se puso a chillar órdenes al resto del equipo.

Golpeó con su puños un árbol cercano.

Sólo cuando todo el mundo estaba ya inspeccionando la escena del crimen pareció acordarse de mí y me hizo una señal con desgana para que me acercase hasta allí.

– ¿Cómo nos ha podio volver a ocurrir?, el cabronazo está jugando con nosotros – susurró más para sí más que para mí- se nos ha adelantado de nuevo.

– ¿Qué se nos está escapando?- ya no susurraba – Vamos, haz lo que sea que has venido a hacer aquí- escupió finalmente.

Había sido el último en incorporarme al caso y habían recurrido a mi por desesperación. El caso se había vuelto mediático y los de arriba estaban exigiendo unos resultados que no llegaban.

– Dejar paso al friki que va a resolver el caso – escuché murmurar mis espaldas.

Sin molestarme en prestarles atención, me acerqué hasta el cuerpo, centrándome en lo que los ojos sin vida tenían que decirme.

Ellos no podían entenderlo. Pensaban que los muertos no hablan, pero yo sabía que, en casos como aquel, la piel guarda siempre recuerdos de la vida que les ha sido arrebatada. Y cuenta su historia, si sabes escucharla.

Me arrodillé ante el cuerpo y rocé las gélidas manos. Un escalofrío, me recorrió antes de que mi mente se nublara. Dejé de escuchar a mi alrededor y empecé a ver imágenes inconexas: unas piernas colgando en una ventana, la víctima sonriendo, manos entrecruzadas, el brillo de un cuchillo, unas luces de freno, una mano que apartaba cariñosamente un mechón ensangrentado. Y mezcladas con las imágenes, los sonidos que atronaban en mi: sonido de besos, risas jóvenes, un susurro ahogado de terror suplicante, un hombre llorando.

Cuando abrí lo ojos las miradas estaban fijas en mi, aunque yo no las sentía. Estaba absorto en los detalles que me habían sido revelados, buscando los que pudieran arrojar luz sobre la gélida escena.

La marca de las zapatillas, el anillo en una de las manos, la matrícula del coche que frenaba, la pulsera de la mano sobre el cabello.

– Vámonos – dije ante la atónita mirada de la detective Corrales.