1052. EL BURRO DE PETRA
ANGELA FERNÁNDEZ PÉREZ | MALVA

EL BURRO DE PETRA
Ochocientos escalones y un burro …Fueron los ingredientes que aderezaron mi plato de terror, digerido a duras penas sin posibilidad de bicarbonato o protector estomacal.
Todo el mundo conoce la ciudad de Petra, esa maravilla del mundo antiguo, fundada por los nabateos en el siglo III a. c.,. Pero no es de ella de lo que quiero hablar, sino de mi terrible experiencia al subir los casi mil peldaños de un monte que lleva al Monasterio.
Para aliviar dicha subida, los beduinos ofertan sus burros. Si pudiese volver atrás elegiría subir, no mil, sino cinco mil peldaños antes que montarme en aquel ser demoníaco que me sometió a tal tortura montuna.
Estaban los burros en cuestión dispuestos para su alquiler ensillados con mantas multicolor. Después del consabido regateo llegamos al precio justo. El beduino me asignó uno color blanco roto desteñido por los muchos años que llevaba a cuestas.
Me negué en redondo a montar en dicho engendro prehistórico. Y elegí …el más brillante y lustroso de la manada.
Ahí comenzó la tragedia. Nada más montarlo me llevó, en sentido contrario, hasta una pequeña loma desde donde yo, presa de pánico, grité el primer socorro. Y digo el primero porque luego hubo tantos socorros como escalones tuve que subir.
Los peldaños, de piedra irregular y resbaladiza, subían en vertical y luego cogían la curva cerrada hasta la siguiente verticalidad. Así todo el trayecto. No sé lo que Cristo sufrió con la cruz, pero sí sé lo que sufrí yo, con las manos agarrotadas, asiendo una no-silla sin agarre, para no caer y dejar los sesos desparramados contra el suelo.
Resulta que al chico encargado de conducir mi burro le salió otro plan mejor: una joven rubia platino que parecía que necesitaba más ayuda . Y me dejó a mi suerte.
Y mi suerte ( es decir mi desgracia) fue que mi animal se creía Fernando Alonso y adelantó a todos los burros, por las buenas y por las malas, saltándose todas las normas escritas de la circulación, y también las no escritas.
Iba en un sin vivir, con el grito por bocina. Tensa como una guitarra, las pupilas desorbitadas, pálida como la arena del desierto y blasfemando en arameo. Por más que gritaba, el beduino ni caso ( es lo que tienen las rubias, que descolocan los sentidos moros ).
Me vi sola, cabalgando en vertical sobre un demonio peludo hasta una meta (ya no deseada) sin poder apearme ni parar el motor. Sintiendo el sonido de las pezuñas sobre las losas resbaladizas, derrapando, cogiendo las curvas tan cerradas que mis piernas rozaban los muros, y viendo el precipicio que se iba mostrando como boca de lobo.
Llegamos los primeros, pero sin copa ni ramo de flores. Y con el cuerpo dolorido y un alma en pecado por las blasfemias gritadas, me dije.
“ A Dios pongo por testigo que jamás volveré a montar en burro”.