El bus
Pedro Martínez Casillas | Rigoletto

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Subí al bus. Mis ojos se cruzaron con los de aquel muchacho que viajaba todos los miércoles a esa hora. Volví la cabeza rápidamente. De vez en cuando lanzaba una ojeada furtiva al chico, que siempre la esperaba.

¿Le gustaré? Llevamos varios meses así. ¿Y si es casualidad? Debería decirle algo. Saludarlo al subir. Pero no me atrevo aunque lo deseo. Nunca he tenido pareja, siempre por el miedo a que se rieran de mí. No sé cómo hacerlo. Quizá caiga en el ridículo con el autobús lleno. Pero no puedo estar así toda la vida. Tengo que decidirme. El próximo día lo abordo, aunque eso lo pienso todos los miércoles y luego me echo para atrás. Paso el resto de los días esperando toparme con él, pero cuando subo al bus me amedrento y trato de evitarlo. Después lamento no haberle hablado y así semana tras semana.

Estamos llegando a la parada y ahora se acercará aquí, se dijo ruborizándose. Se ha asido a la misma barra que yo y su mano roza la mía. ¡Pero no, no se lo consiento!, pensó separándola. Lo que quiere es burlarse de mí, se autoconvencía.

Al descender trastabillé y todos los libros se esparcieron por el suelo. Se agachó y me preguntó si estaba bien y si me ayudaba a recogerlos. Hice un gesto de aprobación con la cabeza. Se apresuró a ordenar todo y me interpeló:

—¿Cómo te llamas?

—José, contesté en un susurro. ¿Y tú?, añadí.

—Luis, respondió alegre. ¿Tomamos un café?, dijo con entusiasmo.

—Vale, afirmé temblando pero exultante.







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