485. EL BUZÓN ANIMADO
Antonio M. Esteo Ceballos | Anchuela

EL BUZÓN ANIMADO

Aquel hombre nada digital, poco analógico, se dirigió a correos para echar unas cartas. Era una persona de movimientos pausados, de edad indefinida sin llegar a ocupar plaza en la tercera, pero con la enjundia suficiente para tomarse las cosas según venían, sin prisas, como si fuese el resto arcaico de un mundo anterior en el que todo se hacía a otra velocidad.
El buzón de aquella oficina de correos, situado en mitad de la acera, robotizado y digitalizado, era, sin embargo, el más ágil y rápido del país. Engullía cartas y paquetes, que expedía con la velocidad del relámpago de Estambul a Torremolinos con eficiencia cibernética. Tenía fama reconocida por su trabajo, constancia, y por no hacerle caso a los funcionarios de correos que le recomendaban calma: “Un día te vas a descomponer y te tirarán a la basura”.
El hombre llegó hasta el buzón después de guardar una cola razonable, abrió su maletín, buscó las cartas entre los cientos de papeles, formularios, albaranes, facturas, instancias y hojas de pedidos que luchaban por desparramarse lejos de sus dedos pero no las encontró. Pensó que se las había dejado en la oficina. A todo esto el buzón empezó a impacientarse pero Martín, que así se llamaba el hombre, impertérrito y pensativo, recordó que las había cerrado y metido en el maletín antes de salir; claro que, en la cafetería Regal le había dado unos documentos a un cliente y quizás se le habían caído al suelo, él era muy despistado.
El buzón pasó de la impaciencia al enfado con un ligero cambio de color y temblores intermitentes, el tiempo pasaba y ya había personas detrás de Martín interesadas en el feliz hallazgo de las misivas, pero al no ser él persona que gustara de bullas y aspavientos no se inmutó y decidió con deliberada dedicación empezar de nuevo. El buzón empezó a echar chispas y a requerir con urgencia las cartas, abriendo mucho la boca y tornándose rojo violeta. Mientras tanto los dedos de Martín buceaban en las profundidades de su cargado maletín.
Cinco minutos después el buzón hervía de cólera e impaciencia, la espera insoportable había hecho que sus paredes temblaran y crujieran, y que un color morado apareciera en sus carnes metalizadas al tiempo que su boca se retorcía en una mueca indescriptible. Un empleado de correos salió y se puso a ayudar al hombre, cuyas manos seguían navegando entre papeles. Cuando terminó de revisar el segundo bloque de documentos la cola llegaba a la esquina del edificio y las protestas se elevaban al cielo.
Fue entonces cuando el buzón, en un acto incalificable, se tragó al individuo, maletín y correspondencia incluida. La cola se disolvió de inmediato.
Días después se difundió la noticia de que al buzón lo habían desguazado entre súplicas y gritos de “¡soy inocente!” y, “¡el tío aquel me estaba quemando los fusibles!”.
Lo que aún no se sabe es donde fue depositado el calmoso portador del maletín.