224. EL CADÁVER SEPULTADO EN UN MONEDERO
Lorenzo Asensio Jambrina | Pantuflo

—Comprenderá que es un tema complicado. El papeleo es lo peor de todo. Uno muere y ya está, pero los que deja tras de sí pasan por un auténtico calvario. Bien, usted está solo, pero alguien en la administración, alguien con un sueldo, tendrá que encargarse de ir de un lado para otro dándole de baja del seguro del coche, tratando los temas de la herencia, quién se queda la casa, cerrar su cuenta corriente… Hasta dar de baja sus cuentas en redes sociales o sus suscripciones a Netflix u Onlyfans. Los vivos hacen cosas de lo más rocambolescas que, una vez muertos, dejan de necesitar. Después está el tema del funeral, no está permitido enterrar cadáveres por ahí, donde buenamente pueda uno. Incluso la opción más barata requiere un desembolso. Por supuesto, el propio asesinato supone un desembolso en cualquiera de los casos y, comúnmente, un periodo de terapia sicológica para el verdugo: los oficinistas han demostrado tener demasiados escrúpulos. En consecuencia, lamento decirle, que no puede usted morirse así como así, sin un motivo de peso o un cheque con fondos debidamente cumplimentado.
—¡Pero si tan solo estoy pidiendo la eutanasia!
—Comprenderá que su vida no vale nada, pero nos sale muy caro matarle.