EL CAMARERO
NICOLAS PINO MESA | Ezequiel Mesa

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Soy camarero en el restaurante “El desengaño”.

Los viernes servimos cenas a parejas que desarrollan su primera cita en la modalidad “a ciegas”.

Observo de todo: típicos nerviosos; sudorosos, tempraneros, tomadores de “coraje”, tímidos imposibles. Hay guionados, lanzados, creídos musculosos.

Las hay enviadas por su madre. Acompañados por su madre. Casamenteros urgentes, divorciados desentrenados.

Agarrados, paganinis, secos. Los que comen raro, la que no superó a su ex. Obsesivos que lo eligen todo…

Muy pocos se van juntos. Lo cuento y me alegro. ¡Si! ninguno lo merece.

¡Somos el animal más torpe para el amor! Os lo digo yo, que llevo años atendiendo desilusiones.

¡Pero estos! ¡Ja! ¡Exigen amor! Tienen tantas ganas de enamorarse que se lo creen. ¡Y no! ¡La voluntad es enemiga del amor!

Por eso, desde hace tiempo… digamos… intervengo.

Sirvo frío o erróneamente…solitos luego muestran la hilacha.

Si piden sopa de letras, sugerida “casualmente” por mí, dejo mensajes alarmantes: nadie conoce a nadie.

El otro día, un caballero fue al baño cuando susurré a la señorita: es casado, viene frecuentemente. Detallitos… marisco camuflado para alérgicos…

¡No me juzguéis! antes, agradecer; ¡¿Os imagináis de familiar a un sátrapa como estos?! ¡Este restaurante es una máquina de fabricar cuñados!



Era otro viernes cuando Carlitos se sentó en la mesa que frecuenta hace dos años.

Es educado, caballeroso lo justo, buen aspecto, simpático…

Pero Carlitos: es árbitro. Y nadie quiere salir con un señor al que critican, insultan y odian metódicamente todos los sábados. – ¡Y encima eso! – le dijo una ex: -nunca estás los fines de semana.

Pasa, que en “el desengaño”, todos quieren tomar el atajo de ser admirados por lo que hacen o dicen ser. Por eso un poco lo respeto (sí, a pesar de ser árbitro) porque aún con decenas de rechazos no cambia de profesión. Porque para ser árbitro hay que nacer árbitro.

Ese viernes, una dama bellísima, despiadadamente bella, estaba sentada frente a él.

Esperando su inminente fracaso, le dije a otra pareja que tranquilos; enseguida se liberaría una mesa.

No solía pasar del entrante, cuando Carlitos ya no podía dilatar lo de su profesión. La cita se le venía en picada.

Pero serví el primer plato, y el segundo. Intrigadísimo intentaba leer sus labios, la palabra: AR-BI-TRO parecía no llegar.

Mientras mi servicio era desastroso para el resto de las mesas; observé a su acompañante reír con Carlitos, disfrutar con el, si hasta tomó su mano de árbitro. ¡La diestra! con la que expulsa y arruina los fines de semana a la gente.

Merodeaba cuando escuché claramente: -soy el dueño del restaurante-. Sorprendidísima ella sonrió y rieron juntos.

Sobradamente Carlitos llevaba la impostura, conocía perfectamente el restaurante.

Simuló ir al servicio cuando me imploró complicidad.

Aprobé mientras mi diablo interno de camarero reclamaba redención…

Se levantaron de la mesa. Carlitos me señaló dándose aires de dueño de restaurante, gestualizando que, dada su reputación, no necesitaba pagar.

Nos miramos. Él suplicante, yo, dubitativo. Asentí y nos dimos las buenas noches.



Renuncié días después para poder participar del programa