959. EL CAMPING
Mª ÁNGELES SÁNCHEZ TREJO | ÁNGELES TREJO

¿Por qué nos os venís con nosotros al Camping? Esa fue la gran pregunta que me hizo mi hermana aquel verano de 1996. Yo nunca había estado en uno, pero mi marido y mi niña me convencieron y fuimos. Ahora los campings son magníficos pero en aquella época faltaban algunas cosillas, al menos al que fui yo. Eran caravanas con sus habitaciones bien ajustaditas, su cocinita y una carpa exterior que hacía de comedor y de otras cosas, era multifuncional. El aseo y duchas estaban en otra zona del camping, enfrente del Restaurante. Eran instalaciones muy grandes con muchos lavabos y duchas. Si te entraba ganas de hacer tus necesidades por las noches en la caravana disponías de un cubo con su tapa y todo. Así, te apañabas en caso de urgencia. Pero nuestro cuerpo es sabio y ante cambios raros se pone a la defensiva. Y eso es lo que me pasó a mí. Me estreñí tanto, que tenía la barriga tan gorda como si me hubiese tragado una sandía. Lo intenté todo y el cuerpo estaba como en pausa. Los días pasaban. Una noche nos fuimos al Restaurante a cenar. Era un lugar maravilloso, con una gran barra, muchas mesas con gente pasándolo genial, música muy alta, gente jugando a la diana, otros al billar, terraza adornada con guirnaldas, en fin un lugar típico de verano y de relax. Era una gran noche, pero de golpe mi cuerpo empezó a sentirse raro, incómodo en la silla, parecía que necesitaba ir al lavabo ¡por fin, qué alegría! Y como estaba enfrente del restaurante no lo dudé ni un momento. Cogí a mi niña de la mano y bien ligeras nos fuimos las dos al wáter del camping. La niña no quería acompañarme pero vino conmigo, las madres tenemos esas costumbres raras ¡no sé por qué! Pero todo fue una falsa alarma. Volvimos al restaurante y justo cuando estábamos abriendo la puerta del local, mi cuerpo parecía un volcán en erupción, no pude aguantarme de tirarme un enorme peo, lo siento pero no pude. Además, pensé nadie me va a oír ni se va a notar ¡pero qué caprichoso es el destino! De golpe la música se paró y me oyó todo el bar, todo. El que estaba lanzando a la diana se quedó congelado, el de la barra me miraba fatal, la gente se tapaba la boca a modo de risa y mi familia hasta los ojos. En ese momento tu vida pasa en segundos y debes reaccionar. ¿Qué hice? Le dije a mi niña “eso no se hace cariño, hay que ver” y ella respondió llorando “Yo no he sido mama, has sido tú”. Bendita inocencia. Nunca olvidaré ese momento. Pero yo valiente, volví a mi mesa y seguí cenando con mi familia. Pedí perdón claro, porque lo cortés no quita lo valiente. Por cierto, mi abuela siempre me decía que conoció a alguien que en su lápida puso: “por un peo aquí me veo”.