825. EL CASO DE LA PAELLA DE LOS DOMINGOS
Elena María Sánchez Sánchez | Tela

Recorrí el pasillo de exposición de artículos en liquidación de “Fontanería Aguado y cuñada”. Allí esperaban, decididos a no perder la esperanza para no perder la batalla, media docena de bidés en hilera. Si ellos supieran que la guerra contra las toallitas higiénicas ya estaba perdida, se harían el harakiri con un taladro para, al menos, morir con honor. Entré en la decrépita oficina donde Basilio, nuestro contable, clasificaba por colores una montaña de albaranes desde 1997. Tenía que recoger de mi mesa el informe antes de reunirme con mi cliente para contarle la verdad y cerrar el caso. Es la peor parte de mi trabajo. Las personas prefieren tener plato de ducha a saber la verdad, pero esa es otra historia. En este caso la verdad era amor. Durante doce días había vigilado a los sujetos en cuestión a las puertas de restaurantes coquetos, los había perseguido a lo largo de paseos eternos y había sido testigo de sus interminables y apasionados besos de despedida.
– Basilio, ¿tú has estado alguna vez enamorado?
– No, yo he sido contable toda mi vida.
Salí hacia el lugar de la cita: un banco en un parquecillo discreto y algo apartado. Allí ya esperaba la señora Consuelo. Le puse de inmediato ante la verdad en forma de vídeo.
– Debe tener una explicación, será una compañera de trabajo.
– No trabajan juntos.
– Ella… ¿cocina?
– Sí.
– ¿Paella?
– Me temo que…
– ¿Con socarrat?
– En el informe se…
– ¿Viven… juntos? ¡No, no respondas! Dime la verdad, ¿viven juntos? -me preguntó zarandeándome hasta hace volar mis gafas.
– El día doce de marzo compró un cepillo de dientes en una farmacia- respondí tanteando el suelo.
– ¿Cómo se llama?
– Oral B Ultra Soft. Color rosa.
– Cómo se llama ella.
– Paula. Está todo en el informe.
– No quiero saber más. ¡Que venga él y dé la cara! ¿Y ahora qué va a ser de mí?
– A eso no puedo responder. El servicio incluía una investigación para averiguar por qué su hijo no fue los domingos 4, 11 y 25 de febrero y 11 y 18 de marzo a su casa a comer paella, tal y como establecimos en el contrato.
– Seguro que tú a tu madre sí le cuentas estas cosas- me dijo mientras sacaba del bolso el sobre con mis honorarios- Hablarás con ella mucho. Seguro que todos los días. Pero cría un hijo para esto. Dale todo y ahora… el vacío, la nada más absoluta.
– Tengo que marcharme, Consuelo.
– Vete. No vayas a quedarte aquí por mí. Estarás muy ocupada y tendrás que hablar con tu madre y contarle cómo has dejado a una pobre mujer sola en un banco roto del parque.
Consuelo aún me zarandeó una última vez:
– Vente el domingo a comer paella. O el sábado. O mañana- dijo suplicante.
Su paella de los domingos, como los bidés, era ya un artículo en liquidación