823. EL CASO DEL ZAMORANO PERDIDO
Elena María Sánchez Sánchez | Tela

Saber cosas es mi vocación y hay una que aprendí cuando no era más que una pipiola que soñaba con capturar archienemigos astutos, exóticos y escurridizos. Aprendí que las personas prefieren tener plato de ducha a saber la verdad. Aquello fue hace mucho tiempo, cuando esta ciudad era vibrante y confusa como el crujido de una botella de plástico en el silencio de la noche y yo me enfrentaba a mi primer caso.
Mi primer cliente no me contrató gracias a la esquina inferior izquierda de los carteles de mi cuñado Santi. “Fontanería Aguado. Cambie su bañera por plato de ducha de resina a partir de quinientos noventa y cinco euros. Presupuesto gratis y sin compromiso”. A cambio de distribuir los carteles, Santi me cedió una esquina en la que se leía: “Narbona y cuñado, detectives privados. Discreción, seriedad y honradez. Nos tomamos muy en serio los problemas de su vida privada. Nuestro alto sentido deontológico y profesional serán el billete que le conduzca a la verdad. Precios muy económicos”. Tras cinco meses y dieciséis días, tres mil cuatrocientos ochenta carteles y sesenta y ocho platos de ducha instalados, cuando pensaba que ser detective no era un trabajo sino una ilusión óptica, sonaba por fin mi teléfono. Al otro la voz del señor Mogollon, mi casero, al que debía dos meses de alquiler:
– Señor Mogollon, iba a…
– No interrumpa, por favor. Hace seis meses alquilé un piso de cuarenta metros cuadrados. Cocina equipada, dos dormitorios, baño completo. Muy amplio, luminoso y bien comunicado. Portero físico teórico. Mejor verlo. Lo compartían dos estudiantes; un sueco malencarado y el otro de Zamora que firmó el contrato. Aberraciones del destino. ¿Qué me dice si le digo que el zamorano lleva un mes desaparecido?
– Pues que la policía…
– Déjeme acabar. Los individuos que tienen algún asunto con la policía son siempre sospechosos, usted por su oficio debería saberlo. Pero a mi negocio, señorita Zu, le interesa saber.
– ¿Quiere contratarme?
– Digamos que a mi negocio le interesa llegar a un acuerdo comercial con usted.
– Puedo hacerle un…
– Déjeme acabar, por favor. No puede ser que siempre interrumpa. Si averigua qué ha pasado con el zamorano mi negocio dará por cancelada su deuda.

Me puse manos a la obra. No podía descartar nada: ajuste de cuentas, asesinato, secuestro, tráfico de órganos, espionaje… Me planté en el piso donde el sueco malencarado, tras invitarme a té y bizcocho genoise, me facilitó el teléfono de la madre del zamorano, quien confesó a las primeras de cambio: su niño había vuelto al pueblo porque la ciudad le amurriaba. Caso cerrado. Ni rastro de archienemigos astutos, exóticos ni escurridizos. Mi deuda quedó saldada. Entendí que a mi negocio le interesaba llegar a un acuerdo comercial con mi cuñado Santi. Desde entonces, he pagado mi alquiler puntualmente gracias a los beneficios que genera Fontanería Aguado y cuñada. Sí, las personas prefieren tener plato de ducha a saber la verdad.