1383. EL CAZADOR CAZADO
LOLA SANABRIA GARCÍA | Petirroja

Avanzó arrastrando la tripa sobre la tierra apelmazada. A unos metros, la negritud del cielo se iluminaba con explosiones de colores. Se detuvo, aguzando el oído. A su derecha, unas voces siseaban. De frente, una mancha pasó entre las casetas. De nuevo la quietud y el silencio. Arriba, la luz había parado de reventar. Subió la cabeza y olió el aire para guiarse. Se desvió un poco hacia la izquierda y reanudó el movimiento. Le faltaba un palmo para alcanzar su objetivo cuando el cielo se cargó de racimos que iluminaron el campo.

El palo le vino desde atrás. Arqueó el lomo, erizó el pelo y sacó las uñas llevándose unas rayas rojas entre las garras. Un nuevo estacazo y varios pelos arrancados de su cuerpo pegados a una tira de la fregona. Se imponía la retirada. Saltó hacia delante y entre maullidos de protesta, intentó esquivar el último ataque, pero le alcanzó una mansalva de golpes, dejándolo tirado panza arriba, con las patas dobladas.

-—Bicho sarnoso— dijo la dueña de unas zapatillas de goma encharcadas en sudor-—¡Vas a venir a comerte los camarones de la feria!

Dejó la fregona apoyada en la tabla de la caseta más próxima, agarró al animal de las patas y lo jondeó bien lejos. Se oyó el costalazo unos metros más allá. El bulto estuvo muerto unos segundos, hasta que la feriante le dio la espalda, entonces se levantó de un salto y no paró de correr hasta desaparecer entre las sombras de la noche.