820. EL CENICERO DEL BUS
Manuela Reyes Checa | MaruManu

Juro que lo que te voy a contar es verídico. Ocurrió de verdad. Andaba yo por aquel año del 2015 estudiando en el San Juan Bosco, haciendo un grado medio de Auxiliar de farmacia. Todo los días cogía el autobús desde mi pueblo y aún no había renovado la compañía toda su flota autobusera. Pues aquel día, como te iba diciendo, iba apurada y preocupada por un examen a primera hora. Estudiaba los apuntes y me comí un mini bollicao. Todavía tenían los asientos ceniceros (algunos incluso sellados) y se me ocurre deshacerme del envoltorio, y, aunque me costó trabajo abrirlo, ahí lo dejé, a pesar de que el muy puñetero ya no se cerró igual. Volví a mis apuntes con más ánimo después del pequeño bocadito hasta llegar al destino. A esas horas va mucha gente en el autobús, sobre todo estudiantes como yo, así que me apresuré a salir del asiento lo más rápido que pude, que, teniendo en cuenta la mochila y mi tamaño, ya era bastante aparatoso. En fin, que entre las estrecheces tuve que pegar un par de tirones para salir sin que se me echaran delante y perder más de mi valioso tiempo. Quería el suficiente como para que me diera tiempo a fumar un pitillo en la puerta, que era lo único que me calmaba los nervios un poco antes de los exámenes. ¿Qué tendrá la nicotina que era lo que me funcionaba? En fin, que lo logré y pude disfrutar de mi primera calada con autentico consuelo y placer. Pero, en esto, que veo a un grupo de chicas que me miran y se ríen. Yo, que me conozco, y no quería líos, me di prudente la vuelta para no ver sus caras de niñatas idiotas. En esto que oigo una sonora carcajada. Miro y me doy la vuelta, y veo a la más pijita echándome una ojeada y riéndose. Te juro que no sé como me sujeté para no ir contra ella y soltarle un buen sopapo de los míos. Menos mal que en aquel momento abrieron la puerta y yo hice ademán de apagar el cigarro en el suelo. En esto, que la pijita va y me dice: «No hace falta, apágalo ahí», y me señala la cadera. Miro y… ¡Horror! Llevaba enganchado el puñetero cenicero del autobús en el jersey de lana.
No he pasado más vergüenza en mi vida. Me lo desenganché lo más aprisa que pude y lo tiré en una papelera cercana como si fuera una bomba fétida. Entonces comprendí los gritos del conductor, a los que no hice caso por salir corriendo, y el porqué una señora me había mirado tan raro al cruzar un paso de peatones. Tuve que irme al servicio para tranquilizarme un poco, porque no podía dejar de reír. Te lo vuelvo a decir, esas cosas solo me pasan a mí.

Por cierto, aprobé el examen. Reír es la mejor medicina para los nervios.

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