560. EL CERDITO DEGOLLADO
Orlando Pomares ferraz | El Espectador

Eran mis tiempos de universitario deambulando de residencia en residencia estudiantil…a cual peor. Ésta en particular era un poco la excepción, una quinta de buen tamaño y en condiciones aceptables (Sólo era posible si tenía poco tiempo siendo aposento de las hordas de Hunos estudiantiles). Me dieron la posibilidad de compartir una muy pequeña habitación de servicio en la cual sólo cabía una litera, así que la sensación de opresión por confinamiento era compensada por tener que lidiar con un único roommate en lugar de cuatro, como en el resto de las habitaciones. Quién lo ha vivido sabe lo desquiciada que puede ser la conducta de los universitarios en esas residencias. Entenderse con tres desahogados más, extrapolaba la locura en un número de permutaciones desconocida, así que no me lo pensé mucho para decidirme a lidiar con una sola cabeza loca —además de la mía, claro está—. Apenas conocía Dixon pero parecía una apuesta segura por un mínimo de tranquilidad y coherencia cotidianas. De aspecto gracioso —bajito, rechoncho y achinado— lucía lo suficientemente tranquilo como para arreglárnoslas sin sobresaltos y al principio —créanme— fue así, hasta que descubrí que tenía dos vidas: una diurna y otra nocturna.

Habría transcurrido un par de semanas cuando empezaron los episodios caóticos nocturnos. Resulta que —con no poca frecuencia— el gordito bonachón se trasmutaba en una suerte de pequeño demonio que me profería amenazas desde la parte superior de la litera, colocándose boca abajo a la par que retraía la delgada colchoneta —¡ay, las míseras colchonetas! ¡Cuánto las sufrieron mis coyunturas!— y mirándome con ojos desorbitados. Las más de las veces eran mensajes ininteligibles, pero poco importaba pues la imagen y sonido que daba el gordito hablaban por sí solas. Era un condenado “sonámbulo de las siete leches”. Uno por demás agresivo. Comprenderán mi predicamento para conciliar un sueño reparador por aquellos días. Hablamos sobre el tema e intentamos varias maneras de que no lo poseyeran esos espíritus de la brigada de Morfeo, pero nada parecía funcionar. Hubo un momento en que pensé que me podría habituar a esta situación, a fin de cuentas los episodios no se hicieron tan seguidos y duraban escasos segundos y nunca había pasado “a la acción” —porsia, yo dormía preparado con un garrote bajo la cama—; hasta que las cosas llegaron a su cenit una noche en que entraba tarde a la habitación y al hacer el mínimo ruido posible, activé el mecanismo…
Yo estaba aún de pie desvistiéndome cuando lo vi sentarse en su camientras tomaba con las dos manso su gordo cuello de Cerdito Ibérico y exclamaba: —¡coño, coño, esta vaina si duele, coñooo…! Su afonía era espectacular por lo que era evidente lo vivencial del sueño. Al día siguiente, me comentó:
—Ayer tuve una pesadilla bien jodida, soñé que me degollaban y se sentía muy real y me dolía mucho… —Sólo atiné a reírme a carcajadas. Pero fue mi última noche en esa pequeña habitación para dos.