1502. EL CHINO
Miguel Medina Torres | Miguelon

EL CHINO

Me casé muy joven con Isabel, mi novia. Unos días antes de casarme fui a ver pisos de alquiler con ella y al final nos decidimos por uno muy coqueto que estaba en el centro. Lo decoramos a nuestro gusto y después de la boda nos fuimos a instalarnos en él. Al llegar vimos a un chino sentado en nuestro sofá viendo la televisión. Tenía pinta de señor mayor, o por lo menos eso me parecía. Yo nunca he sabido muy bien qué edad tienen los chinos. Me fijo en su físico y sólo les veo cara de sueño; esto debe ser por las dieciocho horas que trabajan al día o por sus ojos casi cerrados, no lo sé bien. En fin que nosotros al ser tan jóvenes y este señor ser tan mayor nos hizo callarnos e irnos directamente al dormitorio.
A la mañana siguiente el chino ya no estaba en la casa. Nos dio alegría que se hubiera ido sin tener que haberlo echado nosotros, yo siempre he respetado mucho a la gente mayor. Desayunamos tranquilamente y nos decidimos a dar un paseo. Estábamos de luna de miel y, aunque no hubiéramos podido irnos de viaje por tener poco dinero, si podíamos permitirnos comer fuera ese día y después nos tomamos unas copas. Ya, sobre las diez de la noche nos volvimos a nuestro nidito de amor. Al entrar en el piso el chino estaba otra vez en nuestro sofá viendo la televisión. Esta vez nos quedamos un poco perplejos, pero los efectos del alcohol nos hacía evadirnos de la realidad. Nos fuimos al dormitorio e hicimos el amor de forma silenciosa para que el chino no nos oyera. A la mañana siguiente pasó lo mismo, el piso estaba vacío.
Esta vez no nos fuimos a la calle en todo el día para ver como entraba este hombre en la casa y a qué hora. Sobre las nueve de la noche fui al servicio un momento mientras mi mujer en la cocina hacía la cena.
Al salir del servicio, el chino ya estaba viendo la televisión. Le pregunté a mi mujer si ella le había abierto o si había visto cómo entró, y me contestó que no. Me dio vergüenza preguntarle qué hacía en nuestra casa. Ese día lo ví más mayor. Mi mujer y yo nos sentamos a cenar en la mesa del salón, un poco lejos de nuestro “invitado”, pero sentí algo de lástima por él y le llevé un poco de sopa que deposité en una mesita que había delante del sofá, sin pronunciar palabra. El chino se abalanzó sobre la sopa y la engulló en un momento. Así iban pasando los días y ya hacíamos cena, siempre para tres. Nos habíamos acostumbrado a su presencia.

Miguel Medina Torres